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Comercio

Miércoles 3 de Setiembre de 2003

Aumenta la presión por las propuestas de libre comercio en América Latina

por Jon Barnes

Los pueblos de América Latina se oponen a un acuerdo de “libre comercio” liderado por Estados Unidos pero, ¿sus gobiernos aceptarán el desafío?

El electorado de América Latina está votando gobiernos que prometieron hacer de la justicia social una prioridad en la agenda política. En Brasil, la victoria electoral de Luiz Inacio “Lula” da Silva alimentó la esperanza de que la región adopte un camino de desarrollo más centrado en frenar la pobreza que en el crecimiento económico, cuyos beneficiarios son los inversores extranjeros y las élites nacionales. En Ecuador, el presidente Lucio Gutiérrez asumió el poder con el apoyo del poderoso movimiento indigenista de su país y se comprometió a mejorar la calidad de vida.

Pero las presiones económicas y políticas hacen que estas promesas se conviertan en importantes desafíos. Los medios de comunicación han dejado entrever que el gobierno de Lula está atrapado entre las expectativas de cambio de los votantes y las exigencias de los mercados financieros internacionales y de los organismos multilaterales de crédito.

Lula, para frustración de algunos miembros de su propio Partido de los Trabajadores, aunque quizá con gran realismo en el contexto del problema económico heredado, ha hecho de la estabilidad su prioridad inmediata y, para eso, ha tranquilizado a los acreedores extranjeros.

Ecuador enfrenta los mismos dilemas, pero más agudos por ser un país más pequeño y menos poderoso en términos económicos. Luego de las elecciones, en noviembre de 2002, el partido PSP de Gutiérrez firmó un acuerdo de 11 puntos en el que figura la promesa de terminar con la estricta adhesión a las políticas económicas neoliberales. Pero en febrero de este año, le prometió al presidente de Estados Unidos, George W. Bush, y al Fondo Monetario Internacional (FMI), que no haría grandes cambios en la política económica. La dolarización de la economía, que causó grandes perjuicios al comercio y sumió al país en una recesión desde que fue introducida por el gobierno anterior, se mantendrá.

Ahora, las constricciones del orden económico mundial se vuelven cada vez mayores y la región estudia un ambicioso plan, conducido por Estados Unidos, para integrar los mercados de los 34 países. La propuesta de creación del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA) se basa en el Acuerdo de Libre Comercio de América del Norte, que firmaron Canadá y México en 1994 con Estados Unidos. El objetivo es crear un comercio continental y un régimen de inversiones que fije las medidas de liberalización y desregulación implementadas bajo los programas de ajuste estructural y promovidas por la Organización Mundial de Comercio (OMC), y las lleve aún más lejos.

En noviembre se redactó un segundo borrador del acuerdo y se supone que las negociaciones concluyan en enero de 2005. Los países deberían ratificar el acuerdo al final de ese año. Sin embargo, el único protagonista seguro de la negociación, por ahora, son las empresas transnacionales. Estados Unidos arrastra esta idea desde 1994, pero los borradores del ALCA pasaron a ser de acceso público en un sitio web recién a mediados de 2001, y casi no se han hecho consultas públicas.

A pesar de todo, ha habido una fuerte oposición de la sociedad civil. En Brasil, 98 por ciento de los más de 10 millones de personas encuestadas se manifestaron contrarias al ALCA. La iniciativa de la consulta fue de las Organizaciones No Gubernamentales (ONG) y la Iglesia. Se habla de hacer ejercicios informales similares en otros países, a cargo de Hemispheric Social Alliance, una red de grupos de la sociedad civil.

El rechazo del ALCA se basa en una experiencia amarga. La receta de libre comercio que se aplicó en América Latina y el Caribe durante los últimos 15 años sólo exacerbó la pobreza y las desigualdades. La escasa regulación estatal, aceptada o alentada por los organismos financieros internacionales bajo el supuesto de generar una buena gobernanza, ha beneficiado muy poco al ciudadano latinoamericano promedio. Las privatizaciones fueron acompañadas por una creciente concentración de las propiedades y la riqueza, la creación de monopolios privados, prácticas anticompetitivas y una corrupción generalizada.

El ALCA creará un campo de juego parejo entre países que se encuentran en estadios muy diferentes de desarrollo económico. Dado el desequilibrio de la capacidad de negociación de las partes, los países débiles y más vulnerables tendrán dificultades para conseguir las cláusulas sobre “trato especial y diferenciado” necesarias para proteger o liberalizar su economía a un ritmo y un grado de profundidad adecuados a sus necesidades de desarrollo.

Además de la inversión extranjera y la tecnología, el atractivo del ALCA para los gobiernos latinoamericanos es contar con el gran mercado de exportación de América del Norte. Pero los países de América Latina aprendieron en la OMC, de su trato con los países ricos y de la experiencia con Estados Unidos hasta ahora que el vínculo se basa en la máxima “tu liberalizas, yo protejo”, de modo que el “libre” comercio no es tan libre como parece.

La Ley sobre Agricultura del gobierno de Bush, que fue aprobada en 2002 y prevé un incremento enorme del apoyo gubernamental a los productores nacionales, que sufrieron años de ajuste impuesto oficialmente sin tener en cuenta el mercado agrícola interno, no podrá competir con un flujo constante de productos subsidiados de las agroindustrias estadounidenses.

Sin embargo, hay varias señales de que algunos gobiernos latinoamericanos también sienten que esta liberalización “en un solo sentido” ya ha llegado demasiado lejos. Dado el generalizado fastidio latinoamericano ante el proteccionismo estadounidense, es poco probable que se llegue a un acuerdo sobre el ALCA dentro de los plazos originalmente establecidos. Todavía se están discutiendo extensas secciones del último borrador del acuerdo, lo cual refleja las tensiones existentes y la falta de coordinación entre las partes de la negociación.

Paradójicamente, el encargado de coordinar las próximas etapas del proceso de creación del ALCA con el gobierno de Bush será el gobierno de Lula. Habrá una cumbre en Miami en noviembre, y otra en Brasil a fines de 2004.

En su visita a Washington en junio, Lula insistió en mantener el plazo estipulado para la ratificación del ALCA. Entre tanto, ha ido estrechando lazos con otros países y grupos económicos regionales latinoamericanos. Esto incluye el fortalecimiento de la unión aduanera del Mercosur (formado por Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay) y el establecimiento de buenas relaciones con los países andinos. El objetivo es que Brasil y otros países fortalezcan su posición para negociar con Estados Unidos en la mesa de negociaciones del ALCA.

Brasil, al igual que otros países latinoamericanos, quiere asegurarse de que los posibles beneficios en el área del comercio y las inversiones no fluyan en una única dirección. La insistencia de Estados Unidos en los mercados “abiertos” y la desregulación a favor de sus empresas transnacionales, mientras protege a sus productores y recurre a prácticas comerciales de la Unión Europea para justificarse, es una muestra del peligro que se avecina.

Sobre el autor: Jon Barnes, ex director regional para América Latina del CIIR (Catholic Institute for International Relations) (Instituto Católico de Relaciones Internacionales), es director de programas mundiales de Consumers International (www.

consumersinternational.org).

Este artículo fue publicado en CIIR News (verano de 2003).

Puede ser reproducido citando al autor, la fuente original y TWN Features. Por favor envíenos copia de la publicación.




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