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Seguridad Mundial

Lunes 23 de Mayo de 2005

Elecciones en Gran Bretaña: mensaje contra la guerra en Iraq

por Martin Khor

El laborismo ganó, pero por poco, en las últimas elecciones británicas. La impopularidad de Tony Blair fue el principal tema poselectoral. El mensaje fue claro: Gran Bretaña no debió ir a la guerra contra Iraq. ¿Pondrá esto un freno a los gobernantes que creen en las acciones militares unilaterales?

El Partido Laborista de Tony Blair ganó por poco las elecciones en Gran Bretaña. A primera vista, esto parece una afirmación discutible. Después de todo, Blair obtuvo una mayoría de 66 escaños. Pero observemos otros hechos.

El laborismo ganó sólo 36 por ciento de los votos populares (en comparación con 42 por ciento en 2001), frente a 33 por ciento del Partido Conservador (lo mismo que en 2001) y 23 por ciento del Partido Liberal (cuatro por ciento más).

Por lo tanto, sólo una minoría de votantes apoyó al partido ganador. Muchos ex votantes laboristas abandonaron el partido en masa para votar por los conservadores o los liberales.

Como en el sistema británico sólo hay un ganador por circunscripción, el laborismo pudo obtener una cómoda mayoría. Pero aunque sólo obtuvo tres por ciento más de sufragios que los conservadores, terminó con casi el doble de los escaños.

Si el sistema fuera de representación proporcional, el Partido Laborista sólo habría conquistado poco más de un tercio de los escaños y habría tenido que formar una coalición para gobernar.

Segundo, si sólo un pequeño porcentaje de los que votaron al laborismo se hubieran volcado a otro partido o abstenido de votar, habrían ganado los conservadores.

Esta situación es radicalmente diferente a la de la elección anterior, cuando el Partido Laborista obtuvo su segundo mandato con una mayoría aplastante de 166 escaños.

Por lo tanto, no hubo celebraciones, en especial entre los laboristas. El mensaje fue claro: las acciones del primer ministro relacionadas con la guerra en Iraq enojaron a gran parte del pueblo británico, incluso a muchos ciudadanos que antes tenían fe en él.

Del líder más popular que el laborismo haya producido en mucho tiempo, Blair se convirtió en un lastre electoral. Los candidatos de su partido no querían colocar su fotografía junto a la del primer ministro en sus afiches y tarjetas.

En la última semana de la campaña, la guerra pasó al primer plano gracias a una carta del procurador general que se filtró a la prensa. La carta decía que la guerra contra Iraq podría ser ilegal si no se acompañaba de una nueva resolución de la Organización de las Naciones Unidas. Esto sumado al hecho de que Blair ocultó este consejo al público y a su propio gabinete creó un clima de desconfianza y disgusto hacia el primer ministro.

Durante la campaña, en las calles y en programas de televisión, Blair fue abucheado varias veces. Su famosa sonrisa brillante ya no resultaba tan atractiva, sino que parecía más un aviso de pasta dentífrica, salvo que se trataba de un político vendiéndose a sí mismo y a la supuesta justicia de su causa.

Incluso la forma en que trató a su vice, Gordon Brown, causó indignación. Brown es ahora mucho más popular que Blair. Se rumoreó que Brown sería degradado después de la elección, lo que causó alarma.

Pero entonces Blair debió reconocer que necesitaba el apoyo de Brown, y ambos decidieron unirse para la campaña. Si no lo hubieran hecho de modo tan visible, el laborismo habría perdido, casi con seguridad.

Gran parte del público cree que Blair entregará la jefatura de gobierno a Brown después de un tiempo, antes de la próxima elección general. Dado el mal desempeño electoral del laborismo y que Blair es culpado por la pérdida de tantos escaños, lo más probable es que ese tiempo sea breve. Se especula con que Blair deje el cargo antes de las elecciones municipales del próximo mayo, porque de lo contrario su partido perdería más escaños todavía.

Por lo tanto, aunque la guerra de Iraq no derrocó a Blair en las urnas, derrocó su imagen y popularidad, y probablemente provoque el fin prematuro de su mandato.

Un símbolo de protesta contra Blair y la guerra fue el triunfo del candidato independiente George Galloway en uno de los bastiones del laborismo en Londres. Galloway había sido expulsado del Partido Laborista por su oposición a la guerra. En su discurso poselectoral, dijo que su victoria fue por Iraq y por los 100.000 muertos innecesariamente en ese país, y que el partido de gobierno debería expulsar a Blair por llevar a Gran Bretaña a la guerra.

A pesar de todo, Blair puede dar sorpresas, porque es un sobreviviente, y con su oratoria ha logrado salir de problemas muchas veces antes. En su discurso poselectoral en Downing Street, reconoció que la guerra había causado divisiones. “Ahora, debemos mirar hacia adelante”, exhortó.

Pero esa exhortación a barrer la guerra debajo de la alfombra probablemente no funcione esta vez. La razón es que la guerra sigue, e Iraq (pese a sus propias elecciones, el pasado enero) es aún un gran charco de sangre en que cada día mueren o son heridas cientas de personas. La insurrección continúa, y las tropas extranjeras de ocupación todavía están allí.

Además, están los iraquíes muertos (algunas estimaciones los sitúan en 100.000) y muchos más que fueron heridos o cuya vida quedó en ruinas. ¿De qué manera les ayudará que Gran Bretaña o el resto del mundo “miren hacia delante”?

Y en primer lugar, la ilegalidad de la guerra está siempre presente. Así debe ser, porque la invasión de Iraq es el primer ejemplo de la doctrina de la “guerra preventiva”, adoptada por Estados Unidos y Gran Bretaña, que justifica ataques unilaterales contra lo que se perciba como amenazas inminentes.

Iraq fue la primera prueba de esta peligrosa doctrina que amenaza con desestabilizar el orden internacional posterior a la Segunda Guerra Mundial. La asesora legal de la cancillería británica así lo entendió y renunció en vísperas de la invasión, declarando que no podía permanecer en su cargo cuando el gobierno estaba a punto de realizar una acción contraria al derecho internacional y al orden mundial.

Si Bush, respaldado por Blair, puede bombardear y conquistar un país, matar a decenas de miles de sus habitantes y salirse con la suya, entonces lo que hizo en Iraq puede repetirse en Siria, Irán y Corea del Norte, a los que considera “el eje del mal”.

La acción de numerosos ciudadanos británicos que expresaron su enojo contra Blair en la última campaña envió un mensaje a los políticos de Gran Bretaña, si no al mundo: la agresión de ese gobierno contra Iraq es inaceptable, al menos por ahora.

Por esta razón, es importante que el mundo tome nota del resultado de las elecciones británicas y de su mensaje.




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