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Trabajo

Viernes 28 de Mayo de 2004

Trabajo Forzado en Brasil

Este artículo explica cómo los esclavos de la era moderna caen en la trampa de la deuda y la coacción en Brasil.

Maraba, Brasil – Jorge espera hace cinco días para trabajar, y cada día que pasa le cuesta dinero. Otros 20 hombres también aguardan por un trabajo que, según les dijeron, les pagarán bien. La larga espera de todos ellos en esta pequeña y polvorienta localidad del estado de Piauí, en el norte de Brasil, será costosa, porque con cada día que pasa, acumulan una deuda que los obligará ilegalmente a un trabajo extenuante.

Se trata de los esclavos de Correntes, personas sumergidas en la pobreza que sin darse cuenta han caído en un ciclo de manipulación. En su mayoría son analfabetos, con pocas aptitudes. También son modestos, y con frecuencia están convencidos de que realmente tienen una deuda que pagar.

Hoy en día, el trabajo forzado afecta entre 30.000 y 40.000 hombres, mujeres y niños en Brasil, según cifras citadas por medios de prensa nacionales. El número exacto es imposible de determinar debido a lo alejado de los sitios y a la clandestinidad del trabajo.

Este tipo de trabajo puede adoptar distintas formas. Puede ser temporal o durar muchos años. Pero sus víctimas caen en la misma trampa una y otra vez.

“Después de haber huido de la última ‘fazenda’ (hacienda), no podía creer que esto me sucediera otra vez. ¡Pero me ocurrió, por tercera vez!”, lamentó Guilherme Pedro, que trabaja como vaquero.

Según un estudio gubernamental, hasta 40 por ciento de las víctimas están en la misma situación de Guilherme, es decir que obtuvieron su libertad y volvieron al trabajo forzado.

El trabajo forzado en Brasil involucra invariablemente una deuda, y es un tipo de esclavitud frecuente en zonas agropecuarias de difícil acceso. Los trabajadores adquieren deudas, a veces bajo la forma de pequeños adelantos, y en otras sin saberlo, por concepto de alojamiento, alimentación o transporte –como los hombres que esperan en Correntes, comiendo pollo y bebiendo cerveza– aun antes de empezar a trabajar.

Quienes los contratan, conocidos como “gatos”, no tienen problema en explotar la vulnerabilidad de los pobres y desempleados. En el nordeste de Brasil, donde trabajan la mayoría de los esclavos, se estima que 49 por ciento de la población es pobre. En su busca de trabajo, muchos aceptan cualquier cosa que les ofrezcan, con la esperanza de escapar de la pobreza, el hambre y el desempleo.

Los “gatos” visitan pequeñas aldeas y localidades en busca de candidatos adecuados para el trabajo pesado. Las víctimas son siempre pobres y sin educación, y resultan fácilmente seducidas por la promesa de trabajo estable y buena paga.

Los trabajadores viajan entonces a un lugar donde los recogen, normalmente en otro estado, a cientos de kilómetros de sus hogares. Desde allí, son llevados a una hacienda, pero sólo después de esperar días o semanas. Y mientras esperan en precarios dormitorios, acumulan deuda. Cuando el supervisor de la hacienda paga la cuenta del alojamiento y la comida, el trabajador ya queda obligado a un largo período de trabajo.

Nunca llegan a pagar su deuda. En lugares tan remotos, los propios hacendados son los dueños de los establecimientos que venden alimentos, bebidas y otros artículos a precios inflados. Se les dice a los trabajadores que no se preocupen por el precio, y el encargado de la tienda es el único que lleva registro de las compras. Cuando el trabajo está completo, el hacendado les entrega una cuenta exorbitante.

Muchas de las haciendas están situadas en áreas subdesarrolladas de la Amazonia, en el Lejano Oeste, como se llama a la frontera de la selva.

“Viajamos en bote y a pie durante 15 días para llegar a una hacienda en la que sabíamos que había esclavos”, recordó un fiscal federal. “Era casi imposible llegar”.

Lejos del Lejano Oeste, las familias de los esclavos sufren. “Estaba muriendo de hambre con mis hijos, preocupada por mi esposo allá. Debía mendigar alimentos. Y pedía cualquier tipo de trabajo jornalero. Así es como sobrevivía”, contó una mujer, con los ojos anegados en lágrimas.

Estos trabajadores forzados son las víctimas ocultas de un fenómeno mundial que afecta a millones de personas, tanto en países industrializados como en desarrollo. Pero en todo el mundo, gobiernos, empleadores, sindicatos y grupos de la sociedad civil han comenzado a enfrentar el problema, con el apoyo de la comunidad internacional.

Bajo la presidencia de Luiz Inácio Lula da Silva, Brasil ha reconocido la realidad del trabajo forzado y se ha comprometido a erradicar esta práctica. Una audaz iniciativa llamada Plan Nacional para la Erradicación del Trabajo Esclavo puso en marcha una estrategia de múltiples agencias para eliminar la esclavitud.

El plan prevé un aumento de las inspecciones en los establecimientos agropecuarios, forestales y mineros, que atraen trabajadores hacia la servidumbre. Los equipos de inspección, llamados “escuadrones móviles”, investigan y rastrean en base a información de trabajadores fugados. La mayoría de los rescates se realizan en los estados de Bahía y Mato Grosso. Recientemente, 850 trabajadores fueron liberados de una vez en Bahía, en la mayor operación individual hasta la fecha. Los escuadrones móviles liberaron a 2.306 trabajadores esclavizados en 2002 y a 4.779 en 2003.

El gobierno también intenta aumentar las multas y penas de prisión para los infractores, así como aprobar leyes que permitan la confiscación de establecimientos y propiedades donde se practica el trabajo forzado. La intención es usar los bienes confiscados para compensar a las víctimas y costear la erradicación de la práctica.

Una amplia asociación provee información sobre patrones de la práctica y ubicaciones de trabajadores forzados a organizaciones internacionales y agencias gubernamentales. Esta colaboración, que incluye a individuos, sindicatos, comunidades locales, ONGs y la iglesia, ayuda al público a comprender el problema y sus causas. Instituciones respetadas como la Comisión Pastoral de la Tierra ofrecen asistencia vital a los trabajadores liberados, como ser refugio, alimento y tratamiento médico.

Crear conciencia sobre la práctica del trabajo forzado es otro gran desafío. Organizaciones sindicales como la Confederación Nacional de Trabajadores Agrícolas capacitan a trabajadores para reconocer y evitar potenciales situaciones de trabajo forzado. Asimismo, sindicatos locales proveen información a trabajadores sobre ciertos destinos laborales, alertándolos sobre posibles abusos. También ofrecen a los trabajadores números y direcciones de contacto, por si precisan huir de una situación de trabajo forzado.

En colaboración con el gobierno de Brasil, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) ha lanzado un proyecto de cooperación técnica llamado Combatiendo el Trabajo Forzado en Brasil. Con fondos del Departamento de Trabajo de Estados Unidos, el proyecto apoya esfuerzos nacionales como los equipos móviles de inspección, e incluye además actividades de educación, rehabilitación y prevención.

También se ha lanzado una campaña nacional, dirigida a los trabajadores rurales y sus familias, para ayudarlos a evitar la trampa del trabajo forzado. La asociación con actores clave como los medios de comunicación contribuye a una amplia difusión de la política nacional y de información sobre el trabajo forzado en Brasil. La compleja naturaleza del reclutamiento para el trabajo forzado y el difícil acceso a los sitios donde se encuentran los trabajadores han dificultado los esfuerzos de erradicación. Y la pobreza continúa haciendo a muchas personas vulnerables al trabajo forzado, en un país donde un cuarto de la población vive con menos de dos dólares al día.

Aún más difícil de superar es la percepción general de que los terratenientes son impunes. Los trabajadores liberados suelen temer por su vida, porque los hacendados son ricos y tienen amigos influyentes. Cuando los trabajadores los denuncian, corren riesgo de represalias. Incluso funcionarios de gobierno y fiscales han sido amenazados de muerte.

El 28 de enero de 2004, cuatro funcionarios del Ministerio de Trabajo sufrieron una emboscada y fueron asesinados a tiros. Las autoridades creen que el incidente estuvo relacionado con el descubrimiento de prácticas de esclavitud en una región agrícola con grandes plantaciones de soya, a unos 140 kilómetros de la capital, Brasilia. Como se trataba de una inspección de rutina, los inspectores no iban acompañados de agentes armados de la Policía Federal.

Este hecho trágico renovó los reclamos de una enmienda constitucional para permitir la confiscación de tierras donde se hallen esclavos. El proyecto ya fue aprobado en el Senado, pero debido a la presión de los hacendados, la votación aún está pendiente en la Cámara de Diputados.

El presidente del Tribunal Superior de Trabajo, Francisco Fausto, llamó al trabajo forzado una “vergüenza de la humanidad” que debe erradicarse. “Necesitamos todavía leyes más fuertes. Alguien que no respeta los derechos humanos, que ataca la dignidad de las personas, debe recibir un castigo severo. Es una guerra que debemos ganar”. (FIN) --- Este artículo fue publicado por primera vez en World of Work (Nº 50, marzo de 2004).




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