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Actualidades / Crisis Financiera


No. 114 - Octubre 1998

Los que crearon la crisis salen campantes

por Chakravarthi Raghavan

Mientras la crisis financiera se profundiza, los pilares del modelo internacional recién reaccionan y se dan cuenta de que su voluntad de endosarle la liberalización financiera a las economías en desarrollo sin estructuras reguladoras adecuadas ha tenido un mal rumbo.

El primer ministro de Malasia, Mahathir Mohamad, con su don para hablar de manera mordaz pudo haber ocupado los titulares sobre el "fracaso del sistema de mercado" cuando anunció amplios controles a capitales y monedas en su país. Pero lo que los gobiernos de todas partes del mundo pueden estar movilizando al apartarse de las normas del Consenso de Washington y su ortodoxia económica neomercantilista y tomar medidas para contener los excesos del mercado, ha sido cuantioso.

Paul Krugman, quien defendió la introducción de controles, reclamó "responsabilidad" por la reinstitución de controles cambiarios y al capital introducida por Malasia (que en su reciente artículo en la revista Fortune calificó de "medida de salida" de los países de la ASEAN). No obstante, un artículo de Noordin Sopiee -confidente de Mahathir y miembro del comité ejecutivo del Consejo Asesor Económico Nacional del país-, publicado el 3 de setiembre en el Wall Street Journal, es claro en cuanto a que la decisión de Malasia de revertir el rumbo fue adoptada el 6 de agosto pero mantenida en estricto secreto.

Una medida de equilibrio

Mientras que a los países, grandes o pequeños, que no liberalizaron y abrieron su sector financiero y sus mercados de capital les resulta fácil no liberalizar, los que lo han hecho pero necesitan algunos poderes reguladores, tal como lo plantean Malasia y otros países en sus intentos por separar sus transacciones de cuenta corriente y de cuenta de capital, deben hacerlo cuidadosamente para que la gente no se ponga muy nerviosa, dicen expertos de instituciones internacionales. Países como Malasia deben andar con mucho tino, tomando en cuenta las peculiaridades -económicas, políticas y sociales- de cada país, previenen expertos que se han opuesto a las políticas ortodoxas de liberalización, si bien ofrecen apoyo y comprensión para el cambio de rumbo. Advierten, además, que las ciudadelas del capital financiero y los que se han beneficiado de la "selva del mercado" no se quedarán tranquilos sino que estarán a la espera, prontos a sacar ventaja de cualquier traspié de los países de la "nueva heterodoxia".

Pero los observadores, incluso los que apoyen, deben ser cuidadosos en los consejos que brinden, tanto privada como públicamente, ya sea a Malasia, Rusia u otros países, aconsejan algunos expertos financieros internacionales. Yilmaz Akyuz, macroeconomista jefe de la UNCTAD y autor de los Informes de Comercio y Desarrollo, quien desde hace largo tiempo ha asesorado a países en desarrollo contra la liberalización financiera prematura, expresó que los países que deben instaurar controles tienen que distinguir entre las transacciones y transferencias de cuenta corriente y las de cuenta de capital, lo que no siempre es fácil de hacer, observa. Tienen que ser lo suficientemente flexibles como para asegurar que no impiden, sino que facilitan y alientan, los créditos comerciales y relacionados con el comercio y las corrientes externas y las transacciones en divisas para la economía real, a la vez que previenen y desalientan las transacciones relacionadas con el arbitraje en la economía y los mercados financieros.

Los países deben asegurar que sus monedas no se aprecien, para que así sus sectores comerciables puedan tener ventaja y exportarse competitivamente. Con directrices y reglamentaciones claras, los bancos y los corredores de monedas autorizados podrían comprar o vender divisas relacionadas con dichas transacciones autorizadas sin permitir que surja un mercado negro de divisas. Podría haber algunas filtraciones a través de los mercados paralelos, pero no tendrían demasiada trascendencia. Con más de 15 meses de crisis desde el estallido inicial en Bangkok con la devaluación del baht, la turbulencia del "sistema" financiero y monetario internacional va ahora de un país a otro, de una región a otra y de la periferia al centro, e incluso los "paraísos financieros" ya no están más libres de todo riesgo.

Es un gran interrogante si el mundo evitará otra "gran depresión" o presenciará una reiteración de la historia de los años 30, dadas las características de los sectores dirigentes de los países e instituciones poderosas. Desde Bangkok, pasando por los países vecinos del sudeste asiático, Corea del Sur, Hong Kong y las reverberaciones en América Latina, Rusia y otras economías en transición, los pobres de todas partes han sido golpeados desde mediados de julio de 1997, mientras que los que provocaron la crisis han escapado de las ruinas que ellos mismos crearon, a menudo con la promesa del Fondo Monetario Internacional (FMI) de hacer un reembolso total.

Una crisis anunciada

En realidad, no es que los resultados actuales sean inesperados, provocados por elementos externos. Hace ya algunos años que economistas respetados y algunos profesionales que integran el sistema de las Naciones Unidas pusieron sus carreras en riesgo al dar señales de advertencia y prevenir a la opinión pública.

A comienzos de los años 90, en su Informe sobre Comercio y Desarrollo, la UNCTAD mostró cautela con respecto a la liberalización y apertura de los sectores financieros de los países en desarrollo, que con frecuencia ha sobrevenido antes de una reestructura y reforma de sus economías reales. La liberalización del sector financiero debería ser la última etapa -y no la primera- del proceso de liberalización de las economías, ha estado pregonando Akyuz desde 1990 en varias conferencias y reuniones académicas y de otro tipo, así como en escritos y publicaciones.

Pero todos esos consejos y advertencias fueron ignorados, no sólo por el FMI y el Banco Mundial (antes del advenimiento de Joseph Stiglitz como su economista principal) sino también por los países en desarrollo; todos abrazaron, algunos con entusiasmo y otros reticentemente, el "Consenso de Washington", un consenso de las instituciones con sede en la capital de Estados Unidos que fue presentado como un consenso mundial. Los funcionarios y las autoridades del FMI recorrieron el mundo predicando su dogma (viajando siempre en primera clase con la justificación de que se equiparaban a los banqueros de Wall Street, si bien, a diferencia de éstos, sus fracasos no los enfrentaban a la posibilidad de un despido.

Hace poco en Estados Unidos, personalidades de la iglesia expresaron su preocupación por el precio que están pagando los pobres en todo el mundo y los sacrificios que se les siguen exigiendo en el marco de las políticas del FMI. La respuesta del director gerente del FMI, Michel Camdessus, fue que se necesitaba una generación de sacrificio por parte de los países en desarrollo y las economías en transición antes de que las políticas actuales puedan rendir sus frutos. Quienes reclaman la instauración de instituciones y estructuras reguladoras previamente a la aplicación de medidas de liberalización financiera fueron ridiculizados o ignorados.

Más liberalización, por favor

En diciembre de 1997 -cuando los altos jerarcas del Banco de Pagos Internacionales (BPI) advirtieron a los países en desarrollo sobre la necesidad de contar con mecanismos y culturas reguladoras y de supervisión junto con la liberalización financiera- el Tesoro de Estados Unidos, y en su nombre la Organización Mundial de Comercio (OMC) y el FMI, abogaron por la pronta liberalización del comercio de servicios. Se consideró que un periodo de dos a cinco años era más que adecuado para la liberalización total de la banca, los seguros y otros sectores.

El FMI convirtió la liberalización del sector financiero en parte de su paquete de condiciones para ir en rescate de las economías de Tailandia, Corea del Sur e Indonesia. La dirigencia de la OMC utilizó estos mecanismos de presión para persuadir a las economías en desarrollo a hacer concesiones en las negociaciones sobre servicios financieros. El propio director de la OMC, Renato Ruggiero, se encargó de argumentar públicamente y por teléfono a las capitales claves, que la liberalización de los servicios financieros era "la" solución para la crisis que abatía a las economías asiáticas.

Resulta claro ahora que la liberalización del comercio de los servicios financieros (con un acuerdo que entrará en vigencia a principios de 1999 si es ratificado por los países que lo firmaron, y algunos países en desarrollo están empezando a mirarlo de nuevo) es un problema para sus soluciones y no una solución para sus problemas. También la OCDE y la OMC (y algunas divisiones de la UNCTAD) han promovido e impulsado la aplicación de normas multilaterales de inversión (llámense "acuerdo" o "marco") para permitir el ingreso y la salida de los países de todo tipo de capital extranjero, así como el "bienestar mundial" a través del "empleo eficiente" del capital. Y, para que no quede la más mínima duda, el Comité de Ayuda para el Desarrollo de la OCDE, dejó en claro en su informe de 1997 que las propuestas del FMI para la liberalización de la cuenta de capital, el Acuerdo Multilateral de Inversión de la OCDE y su apertura para la firma de los mercados emergentes, y la liberalización de los servicios financieros, fueron todos instrumentos para lograr el mismo objetivo.

Pero después de haber escupido al cielo, los otrora desdeñosos altos jerarcas del FMI, como Stanley Fischer en una reciente aparición en la televisión brasileña, están hablando de sus "buenas intenciones" y dando los mejores asesoramientos políticos que pueden dentro de las presentes circunstancias y con sus "limitados recursos", y muestran "flexibilidad" en los paquetes de condiciones impuestas a los países.

Sabiduría tardía

Después de haber empujado a los países en desarrollo y a las economías en transición a liberalizar y abrir sus mercados financieros, el ministro de Hacienda belga, Philippe Maystadt, quien durante años encabezó el Comité Interino del FMI desde donde se impulsaron esas políticas, y quien se retiró este año de esa oficina, en su carta de renuncia a la presidencia (publicada en la evaluación de julio del FMI) habla de la necesidad de que el organismo se adapte a los cambios que se están produciendo en la economía mundial, particularmente la globalización de los mercados y la creciente movilidad del capital. Algo tardíamente confiesa: "Tendremos que mejorar en especial nuestros conocimientos de cómo funcionan los mercados financieros internacionales, encontrar formas de reducir los riesgos planteados por las abruptas corrientes de capital a corto plazo y modernizar el sistema de regulación y supervisión de las actividades financieras bancarias y no bancarias".

No hay ningún gesto de disculpa o arrepentimiento por el hecho de que, sin saber cómo funcionan los mercados, las economías en desarrollo y en transición fueron empujadas a abrirse y a confiar en esos mercados. En la reunión en España por el cincuentenario, el Comité Interino bajo la dirección de Maystadt, y el director gerente del FMI exhortaron a la convertibilidad de la cuenta de capital, y en las reuniones de Hong Kong de 1997 lograron obtener cierto respaldo para continuar con su labor. Maystadt dice ahora: "En la crisis de Asia también subyace la importancia de una liberalización ordenada y debidamente secuenciada de los movimientos de capital, particularmente los de naturaleza a corto plazo. Es necesario proceder con cautela y contar con un buen asesoramiento. Ningún país debería ser obligado a liberalizarse inmediatamente ni a suprimir controles que estén justificados por razones legítimas".

Después de haber impuesto el Consenso de Washington a los países latinoamericanos durante toda esta década, el economista principal del Banco Mundial para América Latina, Guillermo Perry, declaró lo siguiente en la publicación World Bank News del 2 de julio: "Obviamente, el Banco fue parte del Consenso de Washington (...) obviamente, el Consenso de Washington era incompleto". No estaba del todo equivocado. "Casi todas las cosas que fueron subrayadas allí eran una prioridad (...) Pero probablemente hubo una cosa que calificaría de error. En el sector financiero el énfasis estuvo puesto casi exclusivamente en la desregulación, pero debería haber ido de la mano del mejoramiento de las instituciones financieras. Porque implica demasiado riesgo hacer una cosa sin la otra. Fue incompleto en formas que no nos dimos cuenta en ese momento".

"Ahora, sabemos que la estructura de incentivos -esencial para la conducta de las personas y las empresas- no sólo está indicada por los precios. Los precios son vitales, los mercados son absolutamente esenciales, pero no son las únicas cosas que crean la estructura de incentivos de la economía. También lo hacen las instituciones". Los pueblos, y entre ellos los pobres, de América Latina, Asia, Europa Oriental (y África por mucho tiempo) están pagando el precio por el discernimiento tardío que ha iluminado a los funcionarios de Bretton Woods y sus instituciones, sin que las instituciones o su personal altamente remunerado paguen el precio que hubieran tenido que pagar sus pares en el mercado.

La UNCTAD también previno contra la prematura liberalización del sector financiero en el mundo en desarrollo, y la comisión Económica para Europa de la ONU expresó en 1990 sus dudas sobre el enfoque "big-bang" de convertir de la noche a la mañana las economías centralmente planificadas de la ex Unión Soviética en "economías de mercado". Habló de la necesidad de crear primero las instituciones y el clima necesarios para una economía de mercado, para inculcar entre los productores, consumidores, compradores y vendedores una "cultura de mercado" que en Occidente ha llevado más de cien años construir.

La Comisión Económica para Europa propuso un Plan Marshall para el Este -no volcar repentinamente cantidad de fondos sino fondos que acompañen la asistencia técnica de Occidente para crear instituciones, ayudando a la vez a que continúen las estructuras y mecanismos de comercio mutuo de Europa Oriental aun cuando esas economías se encaminen con lentitud al comercio y los intercambios multilaterales. Pero estos consejos fueron desoídos en el afán de Washington y Bruselas de desmantelar el sistema comunista y enclavar a esos países en el sistema capitalista mundial. Pero si las economías de transición, en especial Rusia, que han vuelto a la economía de trueque tienen una visión nostálgica de las fracasadas economías centralmente planificadas o, lo que es aún peor, se deslizan a la anarquía y el fascismo, tal vez cuando el FMI, Estados Unidos y Europa Occidental se retiren tengan que pagar un precio aún mayor.




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