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No. 92 - Junio 1999

ALIMENTOS TRANSGÉNICOS Y BIOSEGURIDAD

Descubrimientos científicos siembran alarma

por Chee Yoke Heong

Mientras se preparaba la Conferencia de las Partes de la Convención sobre Diversidad Biológica, que se celebró del 22 al 24 de febrero en Cartagena, el diario británico The Guardian denunció que el científico Arpad Pusztai, del prestigioso Instituto de Investigación Rowett, había sido despedido por plantear su preocupación sobre la seguridad de los alimentos modificados genéticamente. La destitución de Pusztai y el ocultamiento de sus descubrimientos sólo sirvieron para confirmar el poder y la influencia de la industria de la biotecnología.

Cuando el prestigioso científico húngaro-británico Arpad Pusztai emprendió un proyecto de investigación con fondos públicos acerca de los efectos de los cultivos transgénicos sobre la nutrición animal y el ambiente, no imaginaba que sus descubrimientos lo colocarían en medio de una controversia nacional sobre la seguridad de dichos cultivos que finalmente condujo a su destitución.

Los hallazgos preliminares de Pusztai demostraron que las ratas alimentadas con papas modificadas genéticamente, tanto crudas como cocidas, sufren luego de 10 días un debilitamiento del sistema inmunológico, además de atrofia en el desarrollo del corazón, el hígado, los riñones y el cerebro, informó el diario The Guardian.

El Instituto de Investigación Rowett, donde Pusztai trabajó durante 35 años hasta su despido en agosto de 1998, ocultó estos descubrimientos, que fueron confirmados por experimentos posteriores. Stanley Ewen, patólogo de la Facultad de Medicina de la Universidad de Aberdeen, realizó nuevos estudios con las mismas ratas utilizadas por Pusztai y trascendió que sus hallazgos corroboraron los de éste y apuntaron a nuevos riesgos potenciales para la salud. Ewen descubrió que las ratas alimentadas con papas manipuladas genéticamente sufren un engrosamiento de la pared del estómago luego de 10 días de pruebas.

Ninguno de los dos científicos preveía resultados tan preocupantes cuando se embarcaron en el proyecto patrocinado por la Oficina de Escocia, en 1995, para investigar los efectos de los cultivos manipulados genéticamente sobre la nutrición animal y el ambiente, que incluyó por primera vez la alimentación de ratas con dichos productos para observar los efectos sobre su organismo.

Pusztai declaró en marzo al diario The Independent que antes era "un partidario muy entusiasta" de la biotecnología y esperaba que sus experimentos le dieran "luz verde en materia de salud", y por eso quedó "totalmente sorprendido" por sus hallazgos. "Estaba absolutamente convencido de que no encontraría nada malo, pero cuanto más experimentaba, más aumentaba mi inquietud", expresó.

Métodos novedosos

El proyecto intentaba llenar el vacío existente en materia de investigación sobre las consecuencias ambientales y nutricionales de los alimentos modificados genéticamente. Pusztai se manifestó particularmente interesado en el proyecto porque sólo había podido encontrar un estudio previo basado en experimentos con animales. Dicho estudio había sido realizado por un científico de la empresa Monsanto que no encontró ningún efecto perjudicial.

Pusztai, un inmunólogo bioquímico de renombre internacional y antiguo investigador de Rowett, venció a otros 28 aspirantes a coordinar el proyecto, cuyo objetivo consistía en identificar los genes adecuados para ser transferidos a plantas con el fin de aumentar la resistencia de éstas a los insectos y las plagas con un efecto mínimo sobre otros organismos vegetales, el ambiente y el ganado, y sin riesgo -directo o indirecto- para la salud humana a través de la cadena alimenticia. El proyecto apuntaba entonces a encontrar métodos nuevos de probar la seguridad del consumo humano de papas modificadas genéticamente para aumentar su resistencia a las plagas. También formularía recomendaciones a las autoridades regulatorias sobre procedimientos efectivos de evaluación de riesgos.

Los descubrimientos de Pusztai y su equipo están avalados por un grupo internacional de 20 científicos (dos de los cuales trabajaron en Rowett), quienes estuvieron de acuerdo con sus conclusiones tras analizar los datos y resultados. En un memorando conjunto, los científicos urgieron a aumentar la financiación para continuar las investigaciones sobre los controversiales hallazgos y reclamaron la inmediata restitución de Pusztai.

Consecuencias de gran alcance

Una de esos científicos, Beatrix Tappeser de Alemania, visitó a Pusztai en Gran Bretaña y revisó los datos de su investigación, que luego presentó en un taller celebrado en Cartagena, Colombia, durante las negociaciones de las Naciones Unidas sobre un acuerdo internacional de bioseguridad, en febrero de 1999. Esas negociaciones fracasaron cuando Estados Unidos convenció a otros cinco países exportadores de granos (Canadá, Australia, Argentina, Chile y Uruguay) de que impidieran cualquier regulación internacional sobre las semillas transgénicas destinadas a la alimentación humana y animal y a su procesamiento. El caso de la papa modificada genéticamente habría quedado fuera de examen si el producto hubiera sido comercializado.

La importancia de los resultados no publicados también fue reconocida por Nick Tomlinson, secretario del Comité Asesor sobre Alimentos Nuevos de Gran Bretaña. "Si hay lecciones que aprender, es vital que se aprendan lo antes posible", escribió el 4 de febrero en una carta a Ewen, a quien le habría solicitado que investigase el asunto con urgencia.

Los resultados de los experimentos, aunque preliminares, tienen consecuencias de gran alcance sobre la industria biotecnológica. El público de Gran Bretaña y el resto de Europa, desconfiado tras la experiencia de la "vaca loca", rechaza los alimentos manipulados genéticamente.

Lo que desean saber los 20 científicos firmantes de la declaración y otros es qué causa los cambios en el peso y el tamaño de los órganos de las ratas. Podría ser el nuevo gen, el método de transferencia o quizá el "promotor del virus", el llamado virus coliflor mosaico que estudiaba Pusztai y que las compañías biotecnológicas usan para activar los genes y producir en ellos las características deseadas. Si esto último fuera cierto, las implicaciones para la industria de la biotecnología y la salud pública serían sumamente graves porque se trata del mismo virus utilizado en la salsa de tomate, el aceite de soya y el maíz modificados genéticamente, que la Unión Europea aprobó para su utilización en cientos de productos disponibles en el mercado.

La investigación también puso en tela de juicio la seguridad de las pruebas de los alimentos transgénicos, que hasta ahora no tomaron en cuenta todos los posibles efectos, y destacó la necesidad de que la industria biotecnológica realice evaluaciones de riesgo más estrictas.

Varios científicos pidieron que los alimentos modificados genéticamente sean sometidos a pruebas al menos tan rigurosas como los nuevos medicamentos antes de ser comercializados. "Un problema recurrente es que la regulación de los alimentos es mucho menos rigurosa que la de las drogas", declaró Jonathan Rhodes, profesor de la Universidad de Liverpool, a The Guardian. "Y cuando se comienza a cambiar la estructura genética de los alimentos, es necesario empezar a considerarlos como fármacos", agregó.

Al encontrarse con resultados preocupantes e inesperados que planteaban más y más preguntas, Pusztai pidió más fondos públicos para continuar con sus investigaciones, pero se los negaron. Enfrentado a la falta de financiación y a la posibilidad de que sus descubrimientos nunca fueran publicados, el científico decidió divulgarlos públicamente. En enero de 1998, en lo que sería el comienzo de una serie de entrevistas televisivas aprobadas por el Instituto, declaró a la BBC su preocupación sobre el debilitamiento del sistema inmunológico de las ratas alimentadas con las papas en cuestión. En otra entrevista realizada en agosto, Pusztai expresó que no comería alimentos manipulados genéticamente, y consideró "muy injusto que se use a nuestros conciudadanos como conejillos de Indias".

Ambas declaraciones fueron respaldadas por el Instituto en un comunicado de prensa, pero dos días después Pusztai fue suspendido y obligado a abandonar su cargo. Además, las autoridades del Instituto le negaron acceso a los datos de sus experimentos y solicitaron una auditoría de su investigación, la cual concluyó que los hallazgos de Pusztai no fueron verificados y que por lo tanto la investigación no vincula las papas manipuladas genéticamente con ningún riesgo de salud.

Sin embargo, ante acusaciones de fraude contra Pusztai publicadas en una revista científica, el director del Instituto, Philip James, declaró ante la Cámara de los Lores que "no hubo ninguna mala práctica" de Pusztai. James pidió disculpas por la confusión y afirmó que "Pusztai fue exonerado tras la auditoría". No obstante, su reputación profesional sufrió un grave daño y el científico declaró a The Independent que tratar de limpiar su nombre es "una carga intolerable". Asimismo, declaró que aún cree en la biotecnología, "pero es algo demasiado nuevo para estar seguros de que estamos haciendo lo correcto".

Por esa razón, se unió a un grupo internacional de científicos que exhortaron a todos los gobiernos a imponer una moratoria inmediata durante al menos cinco años a nuevos lanzamientos de productos agrícolas y otros alimentos humanos y vegetales sometidos a manipulación genética. Tanto Pusztai como Ewens procuran ahora nuevos fondos para continuar con sus investigaciones y exigen al gobierno británico que cumpla con su compromiso de transparencia en la cuestión de la biotecnología e inicie una evaluación inmediata de sus riesgos potenciales para la salud.

Chee Yoke Heong es una periodista independiente establecida en Kuala Lumpur, Malasia.






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