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No. 115/116 - Mayo/Junio 2001

El ALCA, de su origen a Québec

por Juan Manuel Rodríguez

En la reunión de presidentes realizada en abril en Québec se ratificó la decisión de concluir las negociaciones para la creación del Area de Libre Comercio de las Américas (ALCA) antes del año 2005.

En junio de 1990, el presidente de Estados Unidos, George Bush (padre) lanza la propuesta de construir una zona de libre comercio desde Alaska a Tierra del Fuego. La que desde ese momento fue conocida como "Iniciativa de las Américas" tenía tres objetivos: aumentar el comercio dentro del hemisferio, aumentar las inversiones norteamericanas al Sur de Río Grande y reducir la deuda externa latinoamericana. Se concretaría en acuerdos bilaterales con cada país. Las condiciones que se exigían a los países latinoamericanos para participar en el proceso eran la liberalización del comercio de América Latina y la reforma del Estado.

En ese mismo momento, Europa crecía con el proceso de consolidación de su mercado interior y Japón lograba elevadas tasas de crecimiento y trabajaba por la creación de un área económica en el sudeste asiático. En las décadas que siguieron a la segunda guerra mundial, al mismo tiempo que la economía mundial presentaba el mayor ritmo de crecimiento de la historia, la economía norteamericana tenía tasas de crecimiento del producto menores que otras zonas desarrolladas del mundo y perdía terreno en su participación en los mercados internacionales, expresión de sus problemas de productividad y competitividad.

El centro de la política comercial norteamericana desde la segunda guerra mundial había apuntado a lograr crecientes liberalizaciones del comercio mundial a través de las Rondas de Negociación que se realizaban en el GATT. Es decir, negociaciones globales, a nivel de la economía mundial. Esta estrategia en los últimos años presentaba crecientes dificultades para profundizarse.

Esta situación lo llevó a realizar ajustes en su política comercial. Luego de unos años de negociaciones firmó un acuerdo comercial con Canadá, que entró en vigencia en 1989, y había iniciado un proceso similar con México, que concluiría en el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), que entró en vigor en 1993. En ese momento estaba vigente, además, el Acuerdo con Centroamérica y el Caribe. Es decir que sin abandonar su política en el GATT, Estados Unidos desarrolla una política de acuerdos bi o multilaterales con el objetivo de formar áreas de comercio preferencial.

En este contexto, la Iniciativa de las Américas aparecía como un paso más en la dirección de crear un bloque económico amplio, similar a los que se estaban formando en casi todo el mundo. Las cifras indicaban que la mayor parte del crecimiento del comercio mundial se explicaba por el mayor comercio interno a cada uno de los bloques, creado o en formación, por lo que esta estrategia parecía razonable para sus intereses. Era el proyecto de área de libre comercio mayor del mundo. Su población era de 780 millones de habitantes, producía más de un tercio del producto mundial y más de un quinto del comercio mundial. Su PIB superaba los 11 billones de dólares, 30 por ciento más que el de la Unión Europea.

Sin embargo la propuesta no fue recibida con calor por muchos países latinoamericanos. Había una historia con muchos claroscuros, sin duda que valorada en forma diferente por cada presidente según su orientación política, pero sobre todo, un largo período en el que América Latina no había sido un área prioritaria para Estados Unidos. Desde la Alianza para el Progreso, en la década del 60, iniciativa que se explicó por el impacto que estaba teniendo en América Latina la reciente Revolución Cubana, no había habido una propuesta económica de cierta relevancia. Estados Unidos había privilegiado otras zonas del planeta.

Fue Bill Clinton, que mantuvo la iniciativa de su antecesor, quien pudo concretarla. Luego de haber logrado la aprobación del TLCAN en el Congreso, inició la convocatoria a los participantes en la Iniciativa de las Américas. En diciembre de 1994 reunió a 34 presidentes americanos (entre los que no estaba Fidel Castro) en una "Cumbre de las Américas", que resolvió iniciar las negociaciones para la creación de un Area de Libre Comercio de las Américas (ALCA)

En las siguientes reuniones de ministros, viceministros, y comisiones de negociación realizadas desde 1994 a la fecha se iría concretando la estructura institucional del ALCA para este período inicial en que el objetivo principal sería definir la estructura del acuerdo, sus principales contenidos y un tema que se transformaría en uno de los más sensibles: los plazos para su creación.

Posiciones enfrentadas: Estados Unidos y el Mercosur

Desde el comienzo el ALCA fue escenario de disputa de diferentes estrategias comerciales y políticas. Los dos principales polos enfrentados fueron Estados Unidos, por un lado, y el Mercosur, liderado por Brasil, por otro. Fue en la reunión de presidentes realizada en Santiago de Chile en 1998 cuando esta disputa tomó estado público más claro, pero la realidad es que se expresa en cada uno de los ámbitos de negociación.

Debemos tener en cuenta que así como Estados Unidos lanzó el ALCA e impulsa su consolidación en el menor tiempo posible, Brasil no se ha negado a participar, sólo que quiere hacerlo con un ritmo que le permita consolidar sus intereses estratégicos. Comprender esta disputa es esencial para calibrar cuáles son los intereses en juego y cuáles son las opciones existentes.

La posición de Estados Unidos

Estados Unidos define su política comercial, que se concreta en el ALCA y en varias otros procesos de negociación en los que participa en forma paralela, a partir del declive de su posición internacional que se registra hace varias décadas. En la primera mitad del siglo pasado se consolida como la primera potencia mundial y a mediados del siglo su industria produce la mitad de los bienes industriales del planeta (Europa producía el 14 por ciento) y su comercio es el 24 por ciento del comercio mundial, cuando Europa era el 19 y Japón el 0,4.

Pero desde la mitad del siglo en adelante su economía comienza a retroceder en forma muy nítida, mientras crece la importancia de otras regiones del mundo desarrollado. La productividad de Japón, la estrategia europea de consolidar el mercado interior y hacia él apuntar el crecimiento de las economías de sus miembros termina dando resultados y permitiéndole ganar espacios frente a una economía norteamericana en retroceso. En 1970 el producto industrial había descendido al 36 por ciento del mundial, siendo superado por el europeo y su participación en el comercio mundial también había descendido al 15,4 por ciento mientras Europa lo duplicaba. Japón, en un lugar todavía muy inferior, era, sin embargo, el de mayor dinamismo.

Hacia fines de la década del 80 el gobierno estadounidense promueve una serie de estudios para analizar qué le ocurre a la economía norteamericana, cuya competitividad ha decrecido sustancialmente. Aunque el diagnóstico apuntaba a problemas internos macro y microeconómicos, la política comercial también fue integrada como parte de los cambios necesarios.

Desde el fin de la guerra, Estados Unidos había impulsado en forma permanente una reducción de aranceles, en particular de los productos industriales. Su posición de privilegio en la producción y el comercio mundial le permitían, si desaparecían las barreras al comercio, ampliar sus mercados externos. Las sucesivas Rondas del GATT fueron escenarios de este proceso de desgravación que sería parte de la mundialización de la economía.

Hacia mediados de la década del 80, los avances en esta estrategia son cada vez más lentos y dificultosos. Esto no lleva a su abandono, pero sí a su complementacion con otras iniciativas. Además de esta estrategia en el GATT, promueve acuerdos comerciales con algunas regiones y países (Centroamérica, Canadá, México) con los cuales establece un vínculo comercial privilegiado. Esto estaba ocurriendo desde antes en varias otras regiones. Y en esta estrategia debe ubicarse el ALCA, es decir, como un intento de consolidar a América Latina como una zona de comercio e inversiones privilegiada.

¿Por qué América Latina y por qué en ese momento? En primer lugar hay factores económicos derivados de la historia. Estados Unidos es el país con mayores inversiones y con importantes vínculos en la región. Pero además, por dos razones adicionales. La primera es que en el mundo van quedando cada vez menos regiones que no participen de un proceso de integración comercial con uno o varios países de los más desarrollados del mundo. El segundo es que América Latina, después de los años del ajuste para pagar la deuda externa que la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) denominó "la década perdida", comenzó a tener un crecimiento importante, superior al de otras regiones del mundo, lo cual la hizo más atractiva comercial y económicamente.

Y ¿por qué en ese momento? Porque los tiempos corren en su contra. En los años 90, retomaron dinámica un conjunto de acuerdos subregionales en América del Sur y Central, que de consolidarse, en términos de otorgar preferencias a los países participantes en ellos, podían llegar a ser un problema para la expansión del comercio norteamericano en la región.

Dado que el objetivo de los acuerdos comerciales es liberalizar el comercio entre los miembros, si Estados Unidos no forma parte de los mismos, sus productores quedan en una posición competitiva desventajosa en esos mercados.

Los exportadores norteamericanos perciben el creciente costo de la no-participación de Estados Unidos en esos acuerdos comerciales. Es a partir de esta visión que el gobierno norteamericano insiste en acelerar los plazos para la construcción del ALCA. Toda postergación, mientras paralelamente avanza la liberalización de los otros acuerdos comerciales, implica una desventaja para los productores norteamericanos.

En conclusión, la estrategia estadounidense en el ALCA resulta de valorar que si bien su política comercial había funcionado en las décadas anteriores, el retraso que estaba sufriendo Estados Unidos a nivel mundial exigía su complementación con nuevos acuerdos bi o multilaterales. América Latina era en el momento una zona económicamente dinámica y atractiva, por lo tanto, un socio comercial posible. Pero la concreción de un acuerdo debía hacerse en el menor tiempo posible, pues si se consolidaban los acuerdos regionales que ya estaban en curso, sin duda se dificultaría el ingreso de la producción americana.

La posición de Brasil y el Mercosur

El desempeño del Mercosur desde su origen tuvo resultados importantes. En lo comercial, tanto las exportaciones como las importaciones hacia adentro del bloque tuvieron un crecimiento muy elevado, que hizo que el Mercosur actualmente haya pasado a ser para todos sus miembros el primer o segundo socio comercial. Ello no impidió que también creciera el comercio con países externos a la región, lo cual permite pensar que si hubo desviación de comercio, también hubo creación de comercio.

La región recibió inversión extranjera directa, como el conjunto de América Latina y, en general, tuvo indicadores de actividad económica positivos. Esto hizo que la adhesión al Mercosur lograra respaldos internos superiores a las oposiciones al mismo, que existen desde el principio y se mantienen, pero no lograron frenar el proceso.

Paralelamente se avanzó en la red de carreteras, puentes y en la interconexión energética, área en el que importantes proyectos están en ejecución. Incluso en la estructura institucional, más allá de que aún es insuficiente, se dieron pasos hacia una vinculación más orgánica de los parlamentos y las organizaciones de la sociedad civil a través de la Comisión Parlamentaria Conjunta y el Foro Consultivo Económico y Social, respectivamente. Todo esto hace que todos sus miembros defiendan el Mercosur como un logro importante.

Desde 1995, cuando pasa a ser una unión aduanera, el Mercosur adoptó una decisión fundamental: tener una posición única (como bloque) en las negociaciones internacionales con la Unión Europea, la Organización Mundial de Comercio (OMC), el ALCA, y comenzó a ser reconocido con un actor internacional de significación. El negociar como bloque sin duda fortaleció la capacidad de presión internacional de cada uno de los países miembros -incluso de Brasil- y éste es un elemento importante para comprender la estrategia del Mercosur en el ALCA.

Esta capacidad de presión internacional no es poco importante para el futuro de la región. La visión de los países es que el Mercosur no se agota en sí mismo, sino que se continuará con la formación de un área mayor, como América del Sur, y con esta plataforma económica se negociará en condiciones más ventajosas con los grandes megabloques. De ahí la tesis del regionalismo abierto: prioridad a la región pero sin aislarla del resto del mundo.

Siendo ésta una visión de todos los países, quien más sistemáticamente la sostuvo fue Brasil, el país de mayor elaboración de política internacional de dimensión planetaria. Para Brasil, el Mercosur era la plataforma para la formación de un Area de Libre Comercio de Sudamérica (ALCSA), la cual esperaba tuviera condiciones para establecer relaciones comerciales con todos los bloques mundiales. Esta visión hizo que por un lado privilegiara la consolidación interna del bloque y promoviera negociaciones con países o bloques latinoamericanos que no participaban del Mercosur (Comunidad Andina, Venezuela, Colombia), mientras paralelamente mantenía negociaciones con los tres bloques económicos mayores (Unión Europea, TLCAN y ASEAN).

Este proceso tiene sus etapas, que no son alterables en el tiempo y, por lo tanto, en cada momento hay prioridades que no pueden ser cambiadas sin amenazar el conjunto del proceso. Si el Mercosur es la plataforma para el ALCSA, su consolidación interna es la primera prioridad y a su vez la consolidación de la integración latinoamericana es temporalmente previa a la creación de un área de libre comercio con cualquier gran bloque, sea éste Europa, el TLCAN o Asia.

Esta visión, que es muy clara en los dirigentes brasileños, fue expresada por Dorotea Werneck, siendo ministra de Industria, al afirmar que para Brasil, "la construcción de un área hemisférica está en tercer lugar en sus prioridades, detrás de la consolidación del Mercosur y una zona de libre comercio sudamericana y muy cerca de su búsqueda de acuerdos con Europa y Asia".

Esta visión implica que el Mercosur no niega realizar un acuerdo como el ALCA, pero esta negociación no es un objetivo inmediato y no se estima que sea prioritario antes de consolidar el Mercosur. Por otro lado, al mismo tiempo que el acuerdo con Estados Unidos, tratará de concretar otro acuerdo con Europa, e incluso, a veces de fuentes oficiales, se prefiere como socio comercial a Europa antes que a Estados Unidos.

Puede observarse que esta posición es diferente de la norteamericana y la versión pública indicando que las diferencias son los plazos en que debe concluir la negociación encubre una diferencia profunda de intereses y estrategias. Es cierto que Estados Unidos, apoyado por Canadá y unos pocos países, propuso que las negociaciones concluyeran en el año 2003, mientras Brasil y en general los países del Mercosur entendían que debía mantenerse la fecha del 2005 acordada en la Cumbre realizada en Miami, en 1994. Pero esta polémica no es más que la expresión de el choque de dos estrategias muy diferentes.

Otros temas conflictivos

Aunque el tema central de las discusiones actuales es el del plazo en que se realizarán las negociaciones y la estructura del acuerdo, las diferencias existentes abarcan a otros temas comerciales y no comerciales. Estados Unidos afirma que sus aranceles son de los más bajos del mundo, por lo cual esperan reciprocidad de los otros países americanos. Pero las trabas al comercio no provienen solamente de los aranceles (impuestos a las importaciones) sino que también se originan otros factores. Estos temas, así como la legislación para resolver las controversias económicas y algunas decisiones políticas del gobierno norteamericano han sido factores de tensión con varios países latinoamericanos, enrareciendo, de hecho, las discusiones comerciales.

Veamos algunos de estos temas.

* Restricciones no arancelarias. Las restricciones no arancelarias provienen de la existencia de cupos, limitaciones o prohibiciones que existen en Estados Unidos para importar ciertos productos. El efecto económico de una restricción no arancelaria es muy superior al arancel. Un arancel es un impuesto a la importación que se carga al precio del producto importado cuando se vende al consumidor. Su efecto es subir el precio final, con lo que se reduce su potencial demanda, que es precisamente el objetivo buscado. En cambio, un cupo simplemente elimina el producto del mercado, dado que prohíbe su ingreso. Es una medida más potente que el arancel.

La aplicación de cupos a la importación de productos permite, además, tener discrecionalidad, es decir, favorecer o perjudicar a un país más que a otro. En una medida destinada a Cuba, se impuso fuertes limitaciones al comercio de azúcar, con medidas arancelarias y no arancelarias, por ejemplo.

Los países latinoamericanos, y Brasil especialmente, cuestionan la actual política comercial norteamericana de cerrar sus mercados a sus productos para favorecer su industria interna o a algunos países con los que tiene una relación privilegiada, como ocurre con los países del Caribe y el privilegio a su producción textil. Muchos se preguntan si Estados Unidos aceptará desmantelar estas trabas al comercio actualmente existentes.

* La legislación antidumping. Las leyes antidumping en Estados Unidos se basan en el concepto originario del dumping pero a los empresarios norteamericanos no se les exige demostrar que un productor extranjero está fijando sistemáticamente precios bajos. Sólo necesita demostrar al Departamento de Comercio que las importaciones "fueron vendidas por debajo de su justo valor" y también debe probar a la Comisión Estadounidense del Comercio Internacional que estas importaciones causan o amenazan causar perjuicios materiales a la industria norteamericana o retardar materialmente el establecimiento de una industria.

Obsérvese que en caso que apareciese un producto competitivo, el productor norteamericano podría pedir la aplicación de la ley antidumping sin tener que demostrar que ese producto nuevo ingresa a un precio bajo porque su productor del exterior aplica dumping, es decir, lo exporta a un precio inferior al que lo vende en el mercado interno. Lo único que tiene que demostrar es que causa perjuicio a una industria norteamericana o que retrasa una inversión.

En un grupo de negociación del ALCA se discutió el tema de la legislación antidumping que se aplicaría en cada uno de los países. La posición de los negociadores norteamericanos fue que no aceptaban la discusión de su legislación. Esto implica que aspiraban a seguir aplicando su propia legislación nacional aun después de firmado el ALCA. Esto no fue aceptado por los otros países e incluso Chile, que habitualmente respalda las posiciones estadounidenses, rechazó esta posición.

* Leyes de reciprocidad. Son un recurso más polémico que las leyes de recurso comercial y pueden dar lugar, incluso, a enfrentamientos comerciales entre estados. Su objetivo "es presionar al socio comercial para que cambie algún aspecto de su política económica amenazando tomar represalias contra esas medidas que, de acuerdo a las autoridades norteamericanas, violan los estándares legales".

Actualmente el gobierno norteamericano realiza investigaciones formales a los países latinoamericanos que pueden concluir en represalias. Los países son incluidos en una Lista de Observación o en una "Lista de Observación Prioritaria" donde están los países que potencialmente pueden ser objeto de acciones. Casi todos los países del continente recibieron presiones por aplicación de esta Ley.

Estas leyes han incidido en el comercio y en las relaciones comerciales y políticas de Estados Unidos con varios países latinoamericanos, incluso cuando mediaba un tratado comercial, pues la postura norteamericana fue de negativa absoluta a eliminar o suspender la aplicación de su legislación nacional incluso al comercio con Canadá y México, con quienes estaba conformando una zona de libra comercio.

Es previsible, entonces, que ésta sea su posición también en las negociaciones del ALCA, lo cual sin ninguna duda creará un problema político de significación, pues las mismas son claramente discriminatorias contra las empresas radicadas fuera del territorio estadounidense y los propios países.

* Política y comercio. A diferencia de lo que ocurrió históricamente, en los años 90 Estados Unidos introduce en las negociaciones comerciales temas explícitamente políticos. Fundamentaron el hecho argumentando que esos temas tenían relación con el comercio, pero también impulsaron sanciones comerciales con fines políticos. Hay dos grandes grupos de temas, el primero es la propuesta norteamericana sobre el funcionamiento de la sociedad civil, los derechos laborales, el medio ambiente, la política de competencia y el impacto de sobornos y corrupción en la definición y ejecución de una política económica. El segundo grupo son leyes americanas que dicen relacionar comercio con asuntos políticos y donde se puede ubicar la disputa Estados Unidos-Cuba y el combate al narcotráfico.

Cada uno de estos temas ha sido causa de enfrentamientos diversos con países latinoamericanos. El caso del Plan Colombia, por ejemplo, puede llevar a que países latinoamericanos sean objeto de sanciones por no estar de acuerdo con la política de combate al narcotráfico impulsada por Estados Unidos, no porque no compartan la necesidad de realizar este combate sino por tener otra estrategia. Parece claro que es una forma de imposición de sus posiciones a los otros países utilizando el comercio para lograr objetivos políticos.

La nueva posición de Uruguay

En marzo del 2001, casi en forma inmediata a su asunción como ministro de Relaciones Exteriores de Brasil, Celso Lafer visitó Argentina y Uruguay. El objetivo de la visita fue obtener el respaldo de sus socios del Mercosur ante una agresión comercial que Brasil tenía de parte de Canadá, que era respaldado por los países del TLCAN. El gobierno argentino dio su respaldo a Brasil en forma clara y reafirmó el Mercosur y la decisión de negociar como bloque en la próxima reunión de ministros del ALCA que se realizó en abril en Buenos Aires.

El canciller uruguayo Didier Opertti mantuvo una postura muy diferente. Dijo que "cada país debe salir a buscar su propio destino", mientras diplomáticos uruguayos, a nivel privado decían que si el acuerdo hemisférico tiene problemas, Uruguay sondearía ingresar al TLCAN unilateralmente, como lo está haciendo Chile (aunque no está claro si ingresaría al TLCAN o firmaría un acuerdo bilateral con Estados Unidos).

Opertti puso énfasis en las dificultades de aunar criterios en el Mercosur, pues Brasil tiene un perfil industrial y "quiere tener más tiempo para competir con ese gran mercado que es el Nafta". Uruguay prefiere que el Mercosur llegue unido al ALCA, pero Estados Unidos es el tercer socio comercial de Uruguay, con el 7,8 por ciento de su comercio, luego de Argentina (18,2) y Brasil (23,1).

Aparentemente, lo que Uruguay piensa es lograr ingresar con la producción agrícola al mercado norteamericano a cambio de exoneraciones en bienes industriales. Pero es difícil comprender el giro en la posición uruguaya en un momento en que existen tantas tensiones en la región, como se ha mostrado en este trabajo.

Lo más curioso es que, al mismo tiempo, Opertti afirme que Uruguay debe tener políticas de Estado en su política exterior. Esto es totalmente comprensible, pero para definir políticas tan estables deben cumplirse ciertos procesos de discusión, abriendo la participación a los actores sociales y a los diferentes poderes del Estado. Precisamente lo contrario de lo que hizo el actual gobierno.

La posición uruguaya en este tema se desprende de los acuerdos de Ouro Preto (1994) y fue ratificada toda vez que se trató el tema. Fue discutida con los actores sociales, fue informada al parlamento. Puede decirse que la misma cuenta con un amplio respaldo social y político. ¿Puede el Poder Ejecutivo modificar una posición tan trascendente en tema tan importante para el país como es el Mercosur? Y sobre todo, ¿puede hacerlo sin por lo menos consultar al parlamento y sin abrir un proceso de discusión en la sociedad acerca de cuál es la estrategia comercial más conveniente para el país?

Es claro que el presidente de Uruguay, Jorge Batlle, ha sostenido antes y ahora su posición acerca de que al país le conviene un vínculo con América del Norte más que con la Unión Europea, e incluso frecuentemente ha cuestionado el Mercosur. Es más difícil entender la posición de Opertti, que fue parte del equipo de gobierno cuando Uruguay definió esa posición en el Mercosur y en el ALCA.

En lo concreto, el giro de Uruguay debilita la posición del Mercosur en las próximas reuniones del ALCA. No queda claro incluso si podrá operar como bloque, tal como ocurrió en Santiago de Chile, lo cual hace más inciertos los resultados.

Los años siguientes

En la reunión de presidentes realizada en Québec se ratificaron decisiones anteriores, incluida la de culminar las negociaciones antes del año 2005. En ese entonces, y luego que los parlamentos de los países ratifiquen los acuerdos, podrá comenzar a construirse.

El ALCA actualmente no es más que una propuesta, que no está claro que sea respaldada ni siquiera por Estados Unidos, quien la formuló. Debemos recordar que si bien la iniciativa fue republicana (Bush padre), la propuesta original fue muy diferente de lo que luego los demócratas implementaron. En particular hay una diferencia sustancial en cuanto a si la estrategia norteamericana priorizará un acuerdo único o múltiples acuerdos bilaterales con cada uno de los países. Bush (hijo) parece estar volviendo a la propuesta original. En este caso mantendrá las negociaciones del ALCA, pero paralelamente entablará múltiples negociaciones bilaterales.

Esto ya está ocurriendo con Chile y todo indica que comenzarán en breve con Uruguay. En este año, el presidente norteamericano pedirá al Congreso autorización para instrumentar esta política comercial, que tiene múltiples resistencias dentro de Estados Unidos. Quizá en ese momento se definirá cuál será realmente la estrategia norteamericana.

En todo caso queda claro por todo lo indicado anteriormente que el ALCA actualmente no es sino una serie de acuerdos básicos sobre la modalidad del acuerdo (zona de libre comercio), los tiempos en que se negociará (hasta 2005) y una serie de contenidos que tendrá el acuerdo final, que son los tradicionales en cuanto al comercio y se suman los temas nuevos como servicios, inversiones, patentes, etc.

Pero cuál será el contenido de cada uno de estos puntos, tanto los comerciales como los nuevos, y en qué cantidad de años se llegará a tener sobre ellos un comercio libre, sin aranceles y sin trabas no arancelarias, no está definido. En realidad en muchos casos no se ha comenzado a negociar. Y las alternativas son múltiples.

El ALCA no tiene ningún ámbito de expresión de la sociedad civil en estas discusiones. En realidad, ni siquiera se sabe qué es lo que se discute y cuáles son las posiciones de los países en cada comisión. Estados Unidos se ha negado a la trasparencia y la participación (como ocurre en el TLCAN), que sí ha propuesto el gobierno brasileño (como ocurre en el Mercosur).

En Brasil existen ámbitos de diálogo entre actores sociales (empresarios y sindicalistas) y el gobierno, donde es discutida la mejor posición de Brasil en las negociaciones. Tradicionalmente estos ámbitos también existieron en Uruguay. Pero actualmente no existen. Probablemente porque el giro de la política exterior del gobierno uruguayo es contraria a los acuerdos internacionales que el país firmó en el Mercosur, y desde el momento en que éstos fueron ratificados por organizaciones de la sociedad civil y por el parlamento, implican un cierto desconocimiento a estos ámbitos y actores. Una política que quiere ser "de Estado" pero sólo lo es del Poder Ejecutivo.

La política comercial uruguaya ha ingresado en un terreno peligroso. No está claro a lo que apuesta: si a ingresar al TLCAN o a firmar un acuerdo bilateral con Estados Unidos. En el discurso dice que quiere mantenerse en el Mercosur, pero no cualquier acuerdo es compatible con las resoluciones que éste ya adoptó. Y de él dependen hoy el 50 por ciento de las exportaciones del país, que pueden quedar amenazadas si Uruguay no respeta los acuerdos firmados. El gobierno parece tener más una postura ideológica que una propuesta realista. Parece apostar a algo que no se sabe qué implica para el país, arriesgando algo que le permitió una clara expansión externa. Pero sobre todo muestra que no tiene una política exterior clara, apoyada en estudios serios, que sea parte de un modelo de país. Quizá a alguien le resulte gracioso, pero a muchos es muy probable que les resulte muy doloroso.

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Juan Manuel Rodríguez es economista, profesor de la Universidad Católica del Uruguay.






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