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Movimiento Mundial por los Bosques Tropicales


No. 133/134 - Noviembre/Diciembre 2002

Uruguay: la absurda injusticia detrás de la forestación

por Ricardo Carrere

El plan de promoción forestal lanzado en 1988 por el gobierno prometió la generación de empleos y el ingreso de divisas por un aumento de las exportaciones. Para lograr esos objetivos, el estado uruguayo realizó una fuerte inversión, incluyendo subsidios directos, exoneraciones impositivas, créditos blandos e inversiones en infraestructura. Al año 2000, el Estado había destinado al sector 69,4 millones de dólares bajo la forma de subsidios directos. El total de exoneraciones impositivas (al área plantada y a los bienes importados), ascendía a 55,8 millones de dólares, en tanto que los préstamos blandos se estimaban en 55 millones de dólares. Finalmente, la inversión en infraestructura totalizaba 234,1 millones de dólares. En resumen, la sociedad uruguaya en su conjunto aportó 414,3 millones al desarrollo forestal.

La pregunta entonces es: ¿qué beneficio recibió la sociedad uruguaya?

En materia de empleo, el resultado es un total fracaso. De todas las actividades agropecuarias, la ganadería extensiva de vacunos y ovinos ha sido siempre considerada como la peor en cuanto a cantidad de empleos generados por hectárea. Ya no más: la forestación ha demostrado ser aún más negativa.

De acuerdo con los datos del censo agropecuario del 2000, el número de trabajadores permanentes por cada mil hectáreas forestadas es de 4,49. La ganadería de vacunos de carne genera 5,84 empleos permanentes en la misma extensión de tierra, en tanto que la ganadería de ovinos provee 9,18 empleos. Y éstas, junto a la producción de arroz (7,75), son las peores cifras. En el extremo opuesto se encuentran la producción para autoconsumo (262 empleos/mil hectáreas), de aves (211), la viticultura (165), la horticultura (133) y la producción de cerdos (128), en tanto que en el medio se ubican la producción de vacunos de leche (22), los servicios de maquinaria (20) y los cultivos cerealeros e industriales (10).

Frente a esas cifras, el sector forestal usualmente argumenta que genera numerosos empleos de tipo zafral, tanto en la plantación como en la cosecha. Sin embargo, aún tomando en cuenta eso, las cifras comparativas con la ganadería de carne y ovina se mantienen prácticamente idénticas, ya que éstas también generan puestos de trabajo temporarios. A eso se agregan las pésimas condiciones laborales de estos trabajadores zafrales, descritas en recuadro aparte.

En resumen, en un total de 660.000 hectáreas, la forestación ha generado 2.962 empleos permanentes. Peor que eso imposible. Pero más aún, si se toma en cuenta que las plantaciones forestales han desplazado a otras actividades agropecuarias y que todas las demás actividades generan más empleos permanentes que la forestación, se llega a la conclusión de que esta actividad ha significado una pérdida neta de empleos permanentes en el sector agropecuario. En efecto, suponiendo que la superficie forestada hubiera continuado ocupada por la explotación vacuna u ovina, en el primer caso los empleos hubieran ascendido a 3.854, en tanto que en el segundo habrían sido 6.058. Queda claro entonces que el remedio ha sido peor que la enfermedad y que la forestación ha contribuido a expulsar trabajadores del medio rural.

En materia de exportaciones, la situación no es mucho mejor. En efecto, el 80 por ciento de las exportaciones vinculadas al sector forestal consiste en madera rolliza (es decir, troncos), en tanto que el 20 por ciento restante está compuesto por madera aserrada. Es decir, que el 80 por ciento de lo exportado no genera ningún puesto de trabajo industrial, en tanto que el otro 20 por ciento consiste en una transformación mínima de la materia prima que, por ende, tampoco resulta un generador de empleos de importancia.

A su vez, los ingresos provenientes de estas exportaciones tampoco significan ingresos de divisas importantes si se los compara con la superficie de tierra ocupada por el sector. En efecto, el sector forestal está exportando anualmente por valores que rondan entre los 35 y los 45 millones de dólares, cifras que lo ubican en los lugares más bajos de la canasta de exportaciones (que promedia un total anual de 2.000-2.500 millones de dólares). Si se lo compara con el arroz -sector que también genera pocos empleos por hectárea-, vemos que éste, con una superficie sembrada promedio de unas 150.000 hectáreas -es decir, más de cuatro veces menos que la ocupada por el sector forestal-, llega a generar anualmente unos 200 millones de dólares por exportaciones, o sea, unas cinco veces más que lo obtenido por el sector forestal.

En resumen, la forestación prometió mucho pero no ha cumplido con nada de lo prometido. Por supuesto que han habido beneficiados, entre los que en primer lugar se cuentan las grandes empresas, en particular transnacionales. Es así que gigantescas empresas extranjeras como la estadounidense Weyerhaeuser (Colonvade), la angloholandesa y finlandesa Shell/Kymmene (La Forestal Oriental) y la española ENCE (Eufores), así como un número importante de empresas chilenas, canadienses y de otras nacionalidades, se vieron beneficiadas por la conjunción de tierra barata, mano de obra barata, rápido crecimiento de los árboles, subsidios, exoneraciones impositivas, créditos blandos, inversiones en infraestructura e investigación. Para ellas, al igual que para un puñado de grandes empresas nacionales, la forestación ha sido y es un gran negocio. Así cualquiera. Con todos los beneficios otorgados al sector forestal, cualquier actividad agropecuaria hubiera sido un gran negocio.

En la situación de profunda crisis actual, esta situación constituye una absurda injusticia. Absurda, porque estas enormes empresas no necesitan ser subsidiadas por un país empobrecido como el nuestro e injusta porque se destinan los escasísimos recursos de la sociedad a subsidiar una actividad que no genera ni empleos ni riqueza en tanto que se les niega a otras actividades mucho más positivas para el país y su gente.

Cabe además señalar que resulta por lo menos extraño que, en estas condiciones, los intendentes del interior y en particular de los departamentos más forestados (Artigas, Tacuarembó, Paysandú, Río Negro, Lavalleja) no informen a la opinión pública y al gobierno que una de las causas principales de sus déficit radica precisamente en la forestación. En efecto, esta actividad no paga contribución inmobiliaria, que es uno de los principales ingresos de las intendencias, por lo que a mayor superficie forestada, menores ingresos perciben las intendencias.

Resulta igualmente extraño que las directrices de "recortes", "ajustes" y "achiques" emanadas del FMI, del Banco Mundial, del BID, del presidente Jorge Batlle y de los ministros de Economía Bensión y Atchugarry nunca hayan llegado a mencionar -y menos aún a tocar- los ingentes recursos que el Estado ha destinado y destina a esta actividad. El silencio del parlamento -incluyendo a los cuatro sectores políticos- en este contexto de crisis total del país lo vuelve a su vez cómplice de esta absurda injusticia de volcar recursos a quienes no los necesitan y negarlos a quienes se encuentran en la más absoluta desesperanza. ¿Hasta cuándo?


Con escasas excepciones, las condiciones laborales en el sector forestal dejan mucho que desear. La informalidad y la presencia de pequeñas empresas contratistas, casi tan insolventes como sus contratados, son la regla y no la excepción. Recientemente se denunció una de esas situaciones en la prensa uruguaya, a pocos kilómetros de la capital del departamento de Soriano (Mercedes), en la localidad de Cerro Alegre. En esta zona se ubica un área de plantaciones actualmente en explotación. La modalidad de trabajo apunta "a tomar mano de obra barata, en una situación que linda con la esclavitud, ya que estos trabajadores asumen todos los riesgos que implica la tarea, desde cortar el árbol hasta cargarlo en el camión para su traslado al aserradero, donde se les paga entre 30 y 40 pesos (uno a 1,5 dólares) la tonelada". A eso se suma que cada trabajador debe disponer de su propia motosierra.

Pero no sólo la paga es mala. La situación es peor aún si se toma en cuenta las pésimas condiciones de salubridad en que viven. Apenas una carpa construida de bolsas de fertilizante, donde se amontonan catres y otros modestísimos enseres en medio del barro. Llegar al lugar es recorrer un verdadero lodazal, donde un par de tales carpas congregan a estos trabajadores que desde hace aproximadamente un año están viviendo en esas condiciones, sin las más elementales normas de seguridad e higiene. Incluso carecen de agua potable, con el consiguiente riesgo para la salud que ello implica.

La explicación que dan los trabajadores sobre tal situación es clara: "Y, se abusan porque no hay nada, no hay otro medio de vida". Y es realmente un abuso. Después de trabajar de sol a sol durante todo un mes y de tener que vivir en las condiciones descritas, al término de la quincena reciben -una vez descontada la comida- entre 100 y 400 pesos (cuatro a 15 dólares). No en balde el artículo de prensa que informó sobre esta situación se titula "esclavitud bajo los árboles".

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Información obtenida del diario La República, Montevideo, 22 de setiembre de 2002.




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