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Tema de tapa


No. 151/152 - Mayo-Junio 2004

Modelos de inmigración de género en Asia

por Jayati Ghosh

A pesar de la creciente importancia de la emigración femenina en Asia, los gobiernos de la región no han logrado incluir temas de género en sus políticas de trabajadores inmigrantes.

Asia se ha convertido en una de las regiones más importantes del mundo, no sólo por el traslado de capitales y bienes de un país a otro, sino también debido al movimiento de personas. Los movimientos migratorios asiáticos no son un fenómeno nuevo en términos históricos, pero en las dos últimas décadas han emigrado mujeres como nunca antes.
Dentro de la región asiática, hay una compleja y cambiante mezcla de países de origen, destino y ambas cosas a la vez. Los países de donde más sale gente en busca de trabajo son Bangladesh, Camboya, China, Filipinas, Indonesia, Myanmar, Nepal, Sri Lanka y Vietnam. Los estados que más reciben mano de obra inmigrante son todos los de Medio Oriente, Corea del Sur, Hong Kong, Singapur y Taiwán. Algunos países envían y reciben, en particular India, Malasia, Pakistán y Tailandia.
El fenómeno migratorio tiene, obviamente, muchas dimensiones y puede tener muchos efectos positivos porque multiplica las oportunidades del trabajo productivo y genera una perspectiva más amplia sobre diversos asuntos sociales. Pero también tiene aspectos negativos, sobre todo en cuanto a la naturaleza y condiciones del empleo, ya que siempre hay posibilidades de abuso por parte de los empleadores.
Los movimientos migratorios de Asia son sobre todo de mujeres, que se encuentran mayoritariamente en el sector de los servicios, en particular doméstico y de salud, así como en la industria del entretenimiento. La inmigración de hombres tiende a responder más a las exigencias de la industrialización, pero también se los encuentra en la construcción y las fábricas, al igual que en servicios semiespecializados.
Durante las dos últimas décadas, las mujeres trabajadoras venían sobre todo de tres países asiáticos: Filipinas, Indonesia y Sri Lanka. En Filipinas, las emigrantes superan a los hombres que emigran desde 1992 y en todos esos países las mujeres representan entre 60 y 80 por ciento del movimiento migratorio legal para trabajar. La mayoría se encuentran en el sector de servicios (sobre todo, el servicio doméstico que se paga mal) o en la industria del entretenimiento. Aunque las filipinas tienden a viajar por todo el mundo, las mujeres de los otros dos países se dirigen, en general, a Medio Oriente y los países del Golfo, en busca de trabajo. En el resto de la región, la existencia de normativas restrictivas ha reducido la inmigración femenina legal, pero puede haber aumentado la inmigración ilegal o el tráfico de mujeres.
En general, los inmigrantes acceden a empleos no especializados, de horario muy largo y muy mal pagos, además de no contar con leyes laborales que los protejan. Los hombres suelen encontrarse en el sector de tareas difíciles, sucias y peligrosas, mientras que las mujeres, como ya vimos, se concentran sobre todo en el sector de servicios, en actividades de poca especialización -desde el cuidado de niños hasta el servicio doméstico-, o en el sector de entretenimientos, turismo y servicios sexuales, donde son aún más pasibles de explotación. Rara vez tienen acceso a la educación y otros servicios sociales y viven en alojamientos inadecuados, en muy malas condiciones. Cuando son ilegales y dependen de sus empleadores, también tienen dificultades a la hora de acceder a servicios disponibles tales como atención médica, y les resulta muy difícil organizarse para luchar por mejores condiciones.
En general, los gobiernos receptores están poco interesados en las inquietudes de los trabajadores inmigrantes, incluso las mujeres, a pesar del papel clave que pueden tener en la economía. Los gobiernos de los países anfitriones suelen tratar a los inmigrantes como una amenaza a la estabilidad política y social, una carga adicional en el gasto público en servicios sociales e infraestructura, y también como posibles factores de erosión de la cultura local.
El límite entre la emigración voluntaria y la trata de mujeres (y niñas) es muy delgado. El tráfico de personas es un problema muy extendido no sólo debido a la demanda creciente, sino también a que aumenta la oferta a causa de las condiciones de precariedad en las que se vive en la mayor parte de las zonas rurales de Asia.
Buena parte del tráfico de mujeres y niñas no está destinado a la prostitución, sino al trabajo en condiciones de esclavitud en fábricas y otras actividades económicas, como el servicio doméstico o el sector informal. De todos modos, es cierto que las peores formas de tráfico y abuso están relacionadas con la explotación comercial de los servicios sexuales y el trabajo infantil en las actividades económicas.
Por otra parte, no es verdad que la trata de mujeres ocurra sobre todo a la fuerza: hay numerosas pruebas de que las mujeres se incorporan al tráfico por su propia voluntad, sobre todo cuando las condiciones en el hogar de origen son muy opresivas o abusivas, o al menos hay muchas que son enviadas por su familia debido a la pobreza y la ausencia de oportunidades económicas en la región en la que viven. Los tratantes asiáticos de mujeres hacen promesas tentadoras de pagos jugosos, oportunidades glamorosas de empleo, prosperidad y matrimonios fraudulentos. Muchas mujeres prefieren un empleo mal remunerado, precario y en condiciones terribles, a seguir sufriendo la dura vida que llevan en sus hogares.
Esto significa que quiénes consiguen empleo mediante tráfico no siempre desean volver a su casa, si persisten las malas condiciones económicas y sociales. Además, las posibilidades de volver a casa a salvo y con dignidad suelen ser escasas, dada la posibilidad de estigmatización y las dificultades de reinserción en el entorno social de origen.
Todo esto hace que el tráfico de personas sea un problema mucho más complejo de lo que suele pensarse. Para atacar las causas, es importante ocuparse de la vulnerabilidad económica, la marginalización y el trato que reciben las mujeres. También se sabe que los desastres ambientales y ciertos riesgos del desarrollo promueven el desplazamiento de mujeres y, por lo tanto, las actividades de tratantes de mujeres y niños.
Obviamente, toda la región necesita políticas más favorables a la inmigración. Es lamentable que la mayoría de las políticas oficiales respondan al modelo del hombre gana-pan y queden excluidas las mujeres, en particular las víctimas de los tratantes de mujeres que carecen de toda protección legal. Las políticas migratorias muy “blandas” pueden fomentar la trata de mujeres, pero las normativas muy duras provocan la aparición de estas actividades por fuera de la ley, que resultan en una explotación aún mayor. Las especificidades y complejidades de la trata de personas, así como las fuerzas económicas que las gobiernan, deben tenerse en cuenta a la hora de diseñar nuevas políticas adecuadas.

------------ Jayati Ghosh es profesor del Centro de Estudios Económicos y de Planeamiento de la Escuela de Ciencias Sociales de la Universidad Jawaharlal Nehru, en Nueva Delhi.

------------- Este artículo es un extracto del publicado en The Indian Journal of Labour Economics (octubre de 2003).






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