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   No. 147/148 - Enero/Febrero 2004
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No. 147/148 - Enero/Febrero 2004

Brasil

Lula, año uno

por Emir Sader

¿Con qué criterios se debe juzgar el primer año de gobierno de Lula? Dos preguntas se deben hacer previamente: ¿Con qué criterio comparativo se debe juzgar al gobierno del Partido de los Trabajadores (PT)? ¿Y cómo juzgar el primer año de gobierno con ese carácter?

Los gobiernos con los que sería posible comparar al gobierno del PT se dieron en otro período histórico: sean los gobiernos del Frente Popular -en España, Francia, Chile o en las tesis de Dimitrov en el VII Congreso de la Internacional Comunista, en los años 30-, o el de la Unidad Popular en Chile, en los años 70. En el caso de los primeros, después de la Internacional Comunista se constata -principalmente a partir de las victorias de Hitler en Alemania y de Mussolini en Italia- el viraje negativo de la relación de fuerzas en el plano internacional, propugnándose un frente amplio de carácter defensivo, con todas las fuerzas anti-fascistas -democráticas- en la lucha de resistencia, que se materializó en los tres gobiernos mencionados del Frente Popular. Los partidos comunistas renunciaban a sus pretensiones de ser hegemónicos en las alianzas, con el objetivo de detener la ofensiva de la extrema derecha, que fue caracterizada como una contrarrevolución de masas. Se vivía un período defensivo -tal vez comparable con el actual- pero con adversarios muy distintos -el fascismo en todas sus variantes-, que exigían distintas formas de lucha.
El gobierno de Salvador Allende, apuntalado en la alianza entre los partidos Socialista y Comunista, pretendía, al contrario, la transformación del capitalismo chileno en socialismo.

Un balance negativo

El gobierno de Luiz Inacio Lula da Silva surge en un marco general bastante diferente; ya no hay el escenario internacional de bipolaridad entre los bloques capitalista y socialista, el actual está marcado por la hegemonía norteamericana desde el punto de vista político y el neoliberalismo como ideología y política económica predominante. En lugar de los objetivos anticapitalistas y antiimperialistas, ahora se coloca el objetivo de la lucha contra el neoliberalismo.
Es en este marco que se inserta el gobierno del PT, en el desafío de salir del modelo neoliberal, que devastó a Brasil, junto con la casi totalidad del continente latinoamericano. En ese sentido, se trata de un gobierno con nuevas características, que tiene que ser juzgado en esta óptica: ¿En qué medida logra salir del modelo neoliberal? Desde esta óptica, el primer año del gobierno de Lula tiene que ser juzgado negativamente. La política económica heredada del gobierno anterior fue mantenida y profundizada, con la intensificación del ajuste fiscal, que congeló recursos para obtener superávit fiscales superiores a los solicitados por el Fondo Monetario Internacional (FMI), con el objetivo anunciado de disminuir la fragilidad externa de la economía. No obstante, las tasas de interés mantenidas elevadas aumentaron el endeudamiento, llevaron al gobierno a renovar los acuerdos con el FMI y así elevaron la fragilidad de la economía.
El precio pagado por esa orientación fue que el objetivo central del gobierno de Lula -la prioridad de lo social- no fue alcanzado. Al contrario, mientras los índices financieros en general mejoraban, todos los índices sociales empeoraban. Se puede sintetizar esa trayectoria diciendo que literalmente el gobierno asumió la administración de la crisis heredada, sin avanzar hacia su superación positiva, puesto que, al contrario, dio continuidad a las orientaciones del gobierno anterior, cuya política siguió fielmente las directrices del FMI.
Así, en su primer año de gobierno, Lula se reveló fuertemente conservador: conservador en la política económica, conservador en dos reformas -la previsión social y la tributaria-, en los modelos recomendados por el Banco Mundial en su segunda generación de reformas, y conservador en los discursos, desmovilizadores, críticos de los movimientos sociales, sin mención del capital financiero y del neoliberalismo.

El viraje del PT

¿Cómo fue posible que el PT, partido nacido del sindicalismo de base, de los movimientos sociales, de la lucha contra el neoliberalismo, haya podido asumir ese papel? Las “explicaciones” sobre el carácter perverso que el poder ejerce sobre todos aquellos que llegan hasta él, son explicaciones totalmente insuficientes, puesto que esos virajes, en partidos de base popular, no se dan de un día para otro, sino que son resultado de un proceso -muchas veces prolongado en el tiempo- de transformaciones sociales, políticas e ideológicas. Este fue ciertamente el caso del PT y de Lula.
Especialmente desde 1994, el PT vivió un proceso sistemático de transformación, que alteró su composición interna, su relación con los movimientos sociales y con la institucionalidad y los temas centrales para la definición estratégica del partido. Fue a raíz del balance hecho por la dirección del partido tras la derrota ante Fernando Henríque Cardoso, que ésta adoptó el tema del ajuste fiscal como central, contra las prioridades de las políticas sociales defendidas por el PT. La derrota fue traumática no solo porque Lula era ampliamente favorito al inicio de la campaña y tuvo que sufrir una gran derrota a última hora, sino también porque ella se dio en torno a un tema subestimado por el partido y en relación al cual el PT nunca consiguió ajustar cuentas. El tema, expulsado artificialmente por la puerta -porque era desconocido-, regresó por la ventana, hasta que, aún privilegiando lo social en la campaña electoral, el primer año de gobierno retomó la prioridad del ajuste fiscal como central en oposición a lo social.
Pero lo principal fue la reinserción del PT en la institucionalidad, la cual ganó relevancia como escenario privilegiado de actuación del partido, en detrimento de su relación con los movimientos sociales. Paralelamente, Lula centró su actuación en el Instituto de la Ciudadanía, distanciándose incluso hasta de la vida interna el PT. El partido, entre tanto, alteraba su composición interna: los datos del último Congreso del PT, realizado en diciembre de 2001 en Recife, muestran una participación de los delegados en el que cerca de las tres cuartas partes de ellos no estaban vinculadas a movimientos de base, pero estaban integrados en cargos institucionales: bancadas de parlamentarios, prefecturas, gobiernos estaduales, estructuras partidarias, etc. El promedio de edad mostraba un significativo aumento y los sectores medios predominaban.
Los sectores populares -jóvenes pobres de la periferia de las grandes ciudades, sin tierra, movimiento negro, entre otros- pasaron a tener un protagonismo secundario e incluso irrisorio en la vida del partido.

Alianza con el capital

Pero la principal transformación política e ideológica se dio en el transcurso de la campaña presidencial de 2002. En el inicio, la alianza con sectores del gran empresariado -representado por la elección del vicepresidente de la fórmula electoral- revelaba el papel protagónico que tendría el empresariado productivo, aún más aquel volcado hacia el mercado interno, como era el caso de José Alencar, empresario textil. Una lectura más favorable podría incluso suponer que se trataba de privilegiar a uno de los sectores que más emplea mano de obra y que tiene al mercado interno de masas como un sector fundamental para el destino de su producción. Sea como fuere, se proyectaba en el programa original del Instituto de la Ciudadanía una oposición -aunque tenue- entre capital productivo -incluido el gran capital- y el capital especulativo, con un tono que recordaba los programas desarrollistas de períodos anteriores.
A lo largo de la campaña, en tanto, se dio una fuerte ola especulativa, vinculada directamente a las posibilidades de victoria de Lula, pues no conseguía superar en forma clara la barrera histórica del PT de cerca del 30 por ciento de los votos, quedaba claro que el consenso era favorable a un cambio, con prioridad de lo social, pero sin afectar la estabilidad monetaria -expresada más claramente en la candidatura de Ciro Gomes, que llegó a encabezar las encuestas-, la candidatura de Lula se sumó a esta postura. Esto se dio bajo dos formas: la Carta a los Brasileños, en la que se afirmaba el respeto a los compromisos asumidos por el gobierno de Cardoso, incluyendo la aceptación de los términos del nuevo acuerdo con el FMI, y la línea de “Lulita, paz y amor”, con la que se trataba de limar las aristas de la imagen conflictiva -y combativa- de Lula.
En aquel momento cambió el carácter de la candidatura de Lula, con una alianza explícita con el capital financiero y los organismos internacionales que velan por los intereses de ese capital, siguiendo los términos de aquella Carta, bajo cuya orientación se dio el primer año de gobierno de Lula, en el que el equipo económico -ministros de Hacienda, Comercio Exterior y Desarrollo Agrario, más el presidente del Banco Central- ocupa el centro estratégico del gobierno, y desempeña el papel de formulador estratégico, con poder de veto sobre las decisiones fundamentales del gobierno.
Este perfil hizo que el gobierno de Lula prometiera el reimpulso del desarrollo y la prioridad para lo social, pero ve esos dos objetivos inviabilizados por los criterios del equipo económico de mantener el superávit primario superior al exigido por el FMI y administrar de forma conservadora y gradualista la baja de la tasa de interés -a tal punto que ésta disminuyó de 25 a 17,5 por ciento -apenas 30 por ciento- en medio de una brutal recesión. El gobierno de Lula enfrenta el desafío de la cuadratura del círculo: retomar el desarrollo, redistribuir la renta, crear empleos y enfrentar los graves problemas sociales brasileños, sin salir del modelo neoliberal. ¿Conseguirá triunfar donde fracasaron Fernando De la Rúa, Alejandro Toledo, Vicente Fox, Jorge Batlle y el propio Fernando Henrique Cardoso? Nada garantiza eso, ni parece que el gobierno se proponga cambiar de modelo, haciendo apenas adecuaciones microeconómicas, en el mismo marco de la política heredada y profundizada por el equipo económico.
¿Qué perspectivas se puede prever para el gobierno de Lula sobre la base de este primer año? La perspectiva de proyección de la política actual, con leves alteraciones, en tanto el desempeño productivo sea menos mediocre que aquel de cero -0,4 por ciento, menos 1,5 por ciento del crecimiento demográfico, por tanto negativo en renta per cápita en más de uno por ciento-, daría una configuración definitiva al gobierno de Lula como administrador de la hegemonía del capital financiero y lo llevaría al fracaso, tanto como gobierno de izquierda como continuador de las políticas -agotadas- del gobierno de Cardoso. El balance esbozado por el gobierno lleva a esa dirección y permite un diagnóstico definitivamente negativo del mandato del PT en la Presidencia de la República.
El gobierno, esquizofrénico en su composición, no fue polarizado internamente por los ministros del área social, sin fuerza como para poder promover un debate contra la política económica y financiera que inviabilizó sus carteras. Ocupados por ministros del PT -varios de ellos debilitados por derrotas electorales-, en lugar de ser garantía de lucha por su predominio dentro del gobierno, fueron instrumentos de las exigencias de solidaridad con las orientaciones centrales del gobierno, definidas en los marcos del duro ajuste fiscal, que promete persistir en el 2004.

La política exterior

La alternativa de polarización en esas condiciones se terminó dando por la vía menos esperada: la política exterior. La polarización entre la prioridad del Area de Libre Comercio de las Américas (ALCA) o del Mercosur, frente a las presiones norteamericanas y el vacío de liderazgo de Estados Unidos en la región, con el agotamiento del modelo neoliberal y la nueva política belicista y más abiertamente proteccionista del gobierno de George W. Bush, que han permitido la proyección de una política de soberanía en el plano internacional.
El éxito en la política de reorganización y ampliación del Mercosur, anclada en la alianza estratégica con el gobierno argentino y el lanzamiento del Grupo de los 20, que consiguió frenar los planes norteamericanos en la Organización Mundial de Comercio (OMC), revela el potencial de liderazgo externo de Brasil tanto en América Latina como en el Sur del mundo. Inicialmente, frente al endurecimiento de las posiciones de los países centrales del capitalismo, en Cancún, el equipo económico tuvo que sumarse a las posiciones de Itamaraty, pero luego participó activamente en la mayor campaña hecha hasta ahora en la prensa contra el gobierno, apoyada en el gobierno estadounidense y en los sectores de la prensa que se identifican con las políticas de Washington, el FMI, la OMC y el Banco Mundial, con un papel bien caracterizado en la prensa como de “quinta columna” de las posiciones internacionales del gobierno brasileño.
La diferencia entre la prioridad del Mercosur y del ALCA es la que tiene actualmente el potencial más claro de polarización política e ideológica dentro del gobierno y puede llevar a definiciones más claras en el transcurso del próximo año. Considerando que el gobierno de Bush no hará ninguna concesión significativa hasta las elecciones presidenciales de noviembre de 2004 -al contrario, tenderá a aumentar el proteccionismo, con objetivos electorales, como se evidencia en las medidas contra las exportaciones chinas al mercado estadounidense y en la aceptación de la tesis brasileña de “ALCA light”-, el tema regresará con fuerza a inicios de 2005, independientemente de quien triunfe en las elecciones estadounidenses.
Hasta aquí, Itamaraty, y todos los sectores interesados en una inserción internacional soberana de Brasil, consciente de que ésta es una condición de una política económica centrada en el mercado interno, orientada prioritariamente a la integración regional, tendrán la posibilidad de avanzar en la reorganización y ampliación del Mercosur. Llegará así un momento en verdad decisivo para el gobierno brasileño: el mantenimiento de la actual política económica significa la necesidad absoluta del ALCA, en los términos que Estados Unidos proponga, porque el papel del comercio exterior -especialmente del agrobusiness- no permite que se desperdicie cualquier tajada del mayor mercado consumidor del mundo, aún más con la perspectiva de la prolongación de la recesión interna y sin esperanzas de la distribución de la renta que posibilitase una reanimación del consumo interno. La prioridad del Mercosur, al contrario, puede significar la inducción al interior del país de la política de privilegio de los mercados internos, con distribución de renta, generación de empleos, prioridad de las políticas sociales.
De este dilema depende hoy la posibilidad de que el segundo año de gobierno de Lula no consolide su camino conservador y proyecte una alternativa de superación del neoliberalismo, sobreviviente y central en su primer año de gobierno. (ALAI)

----------------------- Emir Sader es sociólogo, director del Laboratorio de Políticas Públicas (LPP) de la Universidad del Estado de Río de Janeiro y miembro del Comité Brasileño del Foro Social Mundial (Porto Alegre).






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