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   No. 52/53 - Enero/Febrero 1996
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Mujer


No. 52/53 - Enero/Febrero 1996

Una crónica de los hombres en Beijing

por Sonia Correa

Antes de Beijing, gastamos muchos bytes de computadora escribiendo sobre las mujeres en la Eco, las mujeres en Viena, las mujeres de El Cairo, las mujeres en Copenhague. Beijing nos dio el privilegio de escribir sobre los hombres moviéndose en un espacio de negociación global en el que ellos no eran mayoría.

Al intentar recomponer las imágenes de los participantes reunidos en los caucus (grupos de trabajo) de ONGs, sólo conservo los rostros de dos o tres europeos -entre ellos Max van der Berg, secretario general de Novib, y Michel Faucon, representando a la Asociación Francesa de ONGs vinculadas a la ONU- y el jesuita progresista norteamericano Jim Hug que trabaja en el Center of Concern, en Washington.

El porcentaje de hombres en las delegaciones oficiales fue significativamente mayor que en el espacio no gubernamental. Aun así el número de mujeres delegadas superaba en mucho la presencia masculina.

Incluso las representaciones islámicas integristas -como Sudán y Yemen- contaban con mujeres. Enteramente cubiertas por el "chador", ellas tomaban la palabra con frecuencia, particularmente en momentos delicados cuando sus jefes hombres consideraban más adecuado usar voces femeninas para sostener las posiciones conservadoras. Estrategia usada sistemáticamente por la delegación de la Santa Sede, que cuenta siempre con varias fieles y hábiles negociadoras.

Durante la primera etapa de las negociaciones los hombres se mantuvieron bastante discretos en las plenarias abiertas. En general otorgaban el derecho a la palabra a sus compañeras de delegaciones y eran más vistos en los corredores que en los grupos de trabajo.

Sin embargo, a medida que las negociaciones se hacían más duras, el cuadro se modificaba. En las reuniones informales que se multiplicaban ante cada impasse, era siempre más densa la presencia física y retórica de los hombres.

En la medida en que el debate se iba agudizando, hasta en las grandes plenarias la contención masculina de los primeros días fue siendo sustituida por una razonable incontinencia verbal por parte de algunos delegados.

Largas discusiones y conclusiones imperfectas

Varios espacios de negociación fueron particularmente marcados por esta curiosa dinámica. Entre ellos el grupo que trabajaba sobre la Declaración de Beijing y que permaneció en un impasse casi hasta la noche del día 14 de setiembre. Desde el primer momento, la redacción de la Declaración contó con la presencia de un conocido cabildeante del Vaticano, el señor Klink. Un diplomático indio representaba al Grupo de los 77, defendiendo una agenda tercermundista convencional y nada sensible con relación a las cuestiones de género.

Cierto día tuve la oportunidad de presenciar un diálogo entre estos dos señores.

Klink, desde lo alto de su imponencia, decía: "No necesitamos afirmar que los derechos de las mujeres son derechos humanos, pues esto hace suponer que hombres y mujeres tenían derechos diferentes... En cambio, debemos problematizar la propia noción de derechos... ¿Será el derecho a fumar un derecho humano universal?".

Este tipo de argumentación tortuosa explica por qué el párrafo 8 de la Declaración ("Los derechos de las mujeres son derechos humanos") permaneció entre corchetes durante varios días consecutivos de negociaciones.

La composición y el tono del grupo también muestra por qué fue necesaria la intervención firme de otro hombre para quebrar la lógica perversa instalada en la sala 10. Cupo este papel al ministro brasileño José Augusto Lindgren que, al incorporarse por primera vez al grupo, afirmó vehementemente: "No consigo comprender por qué esta frase está entre corchetes... ¿Hay algún loco entre nosotros?". Esta intervención brasileña alteró radicalmente la dinámica del trabajo, terminando por deshacer el aparente consenso que orientaba las posiciones del Grupo de los 77 en este debate particular.

Otras situaciones curiosas ocurrieron en el curso de las interminables negociaciones sobre el párrafo 97. La gran controversia en otro caso era el uso de la expresión "derechos sexuales". A cierta altura del proceso, en una sesión nocturna, estaba sobre la mesa una propuesta de texto que no hacía referencia explícita al término, pero contenía los elementos fundamentales de los derechos sexuales. La formulación ya estaba bastante próxima al texto final y contaba con el apoyo de las delegaciones latinoamericanas y africanas presentes en sala. La representación norteamericana también apoyaba la solución de compromiso. Pero este consenso potencial fue, no obstante, enteramente ignorado por dos personajes que, durante un largo tiempo, dominaron el debate.

En una de las cabeceras de la mesa se sentaba el ministro holandés de Asuntos Sociales, Melcourt. En el otro extremo se ubicaba el hábil diplomático iraní que nos acompañaba desde las difíciles negociaciones sobre regulación de la fecundidad en El Cairo y al que llamamos amistosamente Reza.

Melcourt no cedía un milímetro con respecto al uso explícito del término "derechos sexuales". Por su lado, Reza reiteraba incesantemente que, desde el punto de vista de las delegaciones islámicas, esta posición era innegociable.

Todos en la sala sabían que lo que estaba en cuestión allí era la posibilidad de que la expresión "derechos sexuales" fuese interpretada como "libre orientación sexual". Sin embargo, esta comprensión no se explicitaba abiertamente. Melcourt apenas oía a Reza y éste apenas oía a su oponente, tal como si estuviesen solos en una sala vacía.

Observando la escena sin mayores pasiones, un ejercicio nada fácil, quedaba en evidencia lo discordante de la discusión en cuanto a las distintas motivaciones que mantenían las personas encerradas en la sala.

Para las mujeres, y especialmente para las feministas, el contenido del párrafo 97 hablaba del respeto a sus cuerpos y sus vidas. Pero Melcourt y Reza se movían a partir de otras referencias: la tensión entre el Islam y Occidente y sus respectivas agendas políticas, estrictamente objetivas y pragmáticas.

El ministro holandés se había comprometido con el electorado homosexual para "llevar de vuelta a casa la legitimación universal de los derechos sexuales". Su móvil en aquella mesa eran votos y aprobación popular. Resulta más difícil escrutar las razones que estarían inspirando las posiciones de Reza. Pero fuesen cuales fuesen, ellas estaban siempre muy distantes de las memorias y experiencias que hacían de aquella negociación algo vital para la mayoría de las delegadas y observadoras que asistían paralizadas a la discusión.

"Metiendo la pata"

La crónica sobre los hombres en Beijing también se alimenta de falta de elegancia, deslices y pérdidas del habitual aplomo diplomático.

Una extraña situación se dio, por ejemplo, cuando el delegado chino, durante la discusión de uno de los párrafos sobre salud que recomienda la eliminación de leyes coercitivas, solicitó quitar la segunda palabra, argumentando que "las leyes son necesariamente coercitivas".

Pero el premio a la falta de tacto le corresponde seguramente al embajador Estrada, de la vecina Argentina.

Además de la verborragia incontrolable que lo asaltaba cada vez que la palabra aborto surgía en el debate, el embajador de hecho "metió la pata".

Si bien no había participado de la última negociación informal sobre el párrafo 107 K, el embajador informó a la coordinadora de trabajos, Mervat Tallway, que la última frase continuaba entre corchetes.

Al percibir esto en el texto distribuido para la discusión, la responsable del grupo informal, Grace Talma, de Trinidad Tobago, cuestionó la actitud del diplomático argentino y se desarrolló el siguiente diálogo entre ambos:

-¿Cómo puede el señor informar sobre una reunión en la que no estuvo presente?

-¡Pero yo estuve en la sala de reunión, madame Talma!

-¿A qué hora?

-A las tres y media.

-Sucede, señor embajador, que terminamos la discusión a las 3.15.

-Yo lo lamento, madame Talma, pero estoy acostumbrado a que las mujeres esperen por mí...

A lo que Grace Talma ágilmente retrucó: "Ah sí, embajador, el señor está acostumbrado a las mujeres del siglo XVIII y aún no aprendió a convivir con las mujeres del siglo XXI".

Varias "metidas de pata" masculinas se dieron durante la última sesión del Comité Principal, en la madrugada del día 14, cuando se debatía el tema de la orientación sexual. El embajador de Benín, por ejemplo, vociferaba que "No estamos aquí para hacer la revolución sexual". El delegado de Belice, habitualmente cauteloso, solicitó en forma vehemente datos cuantitativos precisos sobre el número de personas discriminadas "por orientación sexual" para poder tomar una posición. A pesar del discurso de la delegada sudafricana -"No importa si es una, dos o un millón de personas, pero sí importa la situación de la discriminación"-, el delegado volvió a pedir la palabra y reiteró la posición anterior porque "no quería ser malinterpretado".

Los delegados de la Santa Sede, por su parte, no se manifestaron en ningún momento durante la hora y media que se debatió el punto. Al final, una feminista neocelandesa se aproximó tranquilamente a monseñor Martin mostrándose muy decepcionada pues estaba segura de que la Santa Sede tenía mucho para contribuir con la discusión sobre orientación sexual.

Martin, diplomático hábil, dialogante y articulador, permaneció sin embargo paralizado durante algunos minutos sin saber cómo reaccionar. En aquel preciso instante, su fiel aliado el embajador Cassar, de Malta, estaba sentado en una banca del corredor con el rostro entre los manos, tal como si hubiese perdido una batalla.

Compañerismo y extrañamiento...

Sería injusto, sin embargo, sugerir que estos episodios desagradables representan el comportamiento de los delegados hombres en Beijing. Hubo, ciertamente, muchos momentos de diálogo y hermandad involucrando a los pocos hombres y a las muchas mujeres. Michel Faucon, por ejemplo, fue un aliado fundamental en la estrategia montada por el Caucus Linkage para asegurar el principio de respeto a la autonomía de las ONGs en la Declaración. Delegados oficiales latinoamericanos y africanos fueron enteramente solidarios en las difíciles discusiones sobre aborto y derechos sexuales.

Algunas negociaciones no hubieran llegado a buen término si no hubiese sido por la colaboración y flexibilidad de varios delegados islámicos: los embajadores egipcio y malasio y, más especialmente, el negociador iraní, ya conocido entre las cabildantes como "nuestro amigo Reza". Es preciso decir que Reza estuvo implicado en una de las situaciones más curiosas respecto a las relaciones entre hombres y mujeres en Beijing.

La escena nos lleva de vuelta a El Cairo. En setiembre de 1994, cuando se encerró el grupo informal para discutir sobre los párrafos 7.2 y 7.3 la delegada Gita Sen y yo nos aproximamos en diferentes momentos a la delegación iraní para agradecer a Reza por su contribución al consenso. Además del agradecimiento, nos aprestamos para darle un apretón de manos, pero fuimos sorprendidas por el gesto oriental de reverencia que también significa excusa para evitar el contacto corporal.

Cuando le comenté a Bella Abzug lo sucedido, ella en principio se mostró asombrada, pues los iraníes siempre saludan con un apretón de manos, pero enseguida añadió: "¡Ya sé lo que pasó! El no extendió su mano porque tú eres joven y podrías estar menstruando. Ellos son como mis viejos rabinos tradicionalistas: tienen miedo de ser contaminados".

En Beijing, sin embargo, las rigurosas reglas corporales de Reza fueron hechas trizas al menos en una ocasión. Cuando terminó la sesión en la que se aprobó el párrafo 97 estábamos una vez más Gita y yo junto a Reza. Una delegada caribeña se aproximó para elogiar su flexibilidad y capacidad de negociación, y muy entusiasmada lo abrazó intempestivamente. Mientras él ruborizado intentaba librarse de los brazos que lo envolvían, nosotras reíamos y decíamos: "¿Qué pasa con usted? En El Cairo ni siquiera aceptó nuestros apretones de manos..." La escena era observada de lejos por dos delegadas cubiertas por el "chador".

(Artículo publicado por el Boletín de la Comisión de Ciudadanía y Reproducción de Brasil)






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