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   No. 59 - Agosto 1996
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No. 59 - Agosto 1996

HÁBITAT II FIDEL CASTRO EN ESTAMBUL

El mundo no admite dueños ni políticas suicidas

El mundo no admite que una minoría de egoístas, de locos y de irresponsables lo lleve al exterminio, dijo el presidente cubano Fidel Castro, el único jefe de Estado latinoamericano presente en Estambul.

Nuestros problemas no son los de los filósofos antiguos que habitaron estas regiones. La especie humana, que en cientos de miles de años alcanzó apenas mil millones de habitantes, ha crecido seis veces en este siglo. Dentro de solo cinco años seremos más de seis mil millones. Esta colosal explosión demográfica no ha tenido lugar en un mundo justo. Siglos de colonialismo, esclavitud y explotación económica la precedieron. Unos lo tuvieron todo y otros no tuvieron nada. Con la sangre y el sudor de los explotados se crearon las hoy llamadas sociedades de consumo, que constituyen un insulto a las cuatro quintas partes de los habitantes hambrientos y pobres que ya somos. La medicina fue capaz de salvar vidas, la política y la economía fueron incapaces de alimentarlas y ofrecerles una vida decorosa. Los que casi han destruido el planeta y envenenado los aires, los mares, los ríos y la tierra, se muestran hoy los menos interesados en salvar a la humanidad.
¿Cuántos jefes de Estado y de gobierno de los países desarrollados asisten hoy a esta reunión? El desaliento cunde en los propios países del Tercer Mundo. Van perdiendo la fe. Problemas tan vitales abordados por las Naciones Unidas, como el medio ambiente y el desarrollo social, tuvieron otra respuesta, al menos formal.

Los movimientos migratorios internos y externos tuvieron su origen en ese mismo desarrollo desigual e injusto dentro y fuera de los países. Si no se comprende esto, no se comprenderá nada en relación con los asentamientos humanos y sus posibles soluciones.

Se habla mucho hoy de economía global y avances tecnológicos. ¿Para qué servirá todo esto si no resuelve los problemas del hombre, si los países ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres? ¿Con qué recursos daremos educación, salud, alimentos, vivienda y empleo no sólo a los que hoy viven en el mundo sino a los casi cien millones de seres humanos en que crece cada año la humanidad? Si con la reconversión industrial y la revolución tecnológica los propios países capitalistas desarrollados tienen cada vez más desempleo, ¿qué queda para nosotros, los olvidados de la tierra?

Hablamos fundamentalmente en esta reunión de asentamientos humanos en las ciudades, pero no podemos olvidar que las zonas rurales, donde deben producirse los alimentos y donde es necesario crear asentamientos dignos del hombre, son cada vez más abandonadas. El intercambio desigual entre el campo y la ciudad es similar al que existe entre países pobres y ricos. Los habitantes desesperados de esas zonas emigran hacia las ciudades a vivir en villas miseria, favelas y barrios deprimentes.

Sólo en America Latina se estima que en un lapso de poco más de dos décadas el 85 por ciento de la población se aglomerará en las ciudades. ¿Cómo resolveremos los pueblos de América Latina y el Caribe los terribles problemas que encierra esa proyección alarmante? ¿Dónde encontraremos las fuentes de agua necesarias? ¿Cómo garantizaremos los alimentos indispensables? ¿Qué empleo podremos ofrecer a esos cientos de millones de brazos? ¿Qué educación seremos capaces de brindar a esas legiones de seres humanos? ¿Cuáles serán las condiciones de vida de esas masas incontables? ¿Qué vivienda decorosa podremos garantizarles? ¿De qué manera podremos evitar el deterioro irreversible del medio? ¿Cómo podremos controlar en esas metrópolis monstruosas el crecimiento desenfrenado del delito, de las drogas, de la explotación de los niños, de la depauperización moral de la sociedad? ¿Hasta cuándo será posible en esos conglomerados inmanejables resistir la pobreza, la insalubridad, la muerte, el hambre, la explotación?

¿Acaso no importa esto a los gobiernos? ¿El Estado puede sentirse excluido de responsabilidad alguna en la solución de estos problemas? ¿Es justo considerar que la vivienda no constituye un derecho esencial del hombre?

Cuba se une a los que en esta conferencia, tanto representantes de instituciones gubernamentales como no gubernamentales, han defendido las posiciones más correctas y han expresado las verdades más evidentes.

No puede decirse que no hay fondos suficientes. ¿Cómo es posible que después de la llamada guerra fría se gasten millones de millones en armas y actividades militares, y que el comercio de aquélla se incremente? ¿Cómo puede engañarse así a la humanidad?

Debemos proclamar con toda energía que tenemos derecho a respirar aire puro, a beber agua que no esté contaminada, a que se nos asigne un empleo digno, a alimentarnos y que esos alimentos sean sanos, a que se nos eduque, a que se atienda nuestra salud, a ser menos pobres cuando otros son cada vez más ricos.

Debemos proclamar que no somos el hombre de la selva, puesto que las selvas ya ni siquiera existen. Es justo que cada familia tenga una vivienda decente y que ello se considere un derecho universal del hombre. Tenemos, en fin, derecho a vivir, y a vivir en paz y con honor, a que se nos deje a todos trabajar por nuestros pueblos y que no se admitan injustos ni criminales bloqueos económicos, que no se nos explote, que no se nos saquee, que no se nos desprecie ni nos traten con repugnante xenofobia.

Seguiremos reuniéndonos, seguiremos luchando, seguiremos proclamando al mundo nuestras verdades. Al fin y al cabo nosotros somos el mundo, y el mundo no admite dueños ni políticas suicidas, ni admite que una minoría de egoístas, de locos y de irresponsables nos lleve al exterminio.






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